El Miradero

Francisco Javier Díaz Revorio


Reivindicación del matiz

27/02/2020

Hay muchos factores por los cuales esta sociedad de inicios del siglo XXI parece tender inexorablemente a la radicalización y al maniqueísmo. Como ya destacara Cass Sunstein en el libro ‘República.com’, las nuevas tecnologías ofrecen una enorme capacidad de opción, que conlleva una tendencia a seguir solo las noticias y comentarios con los que más nos identificamos, lo que, lejos de facilitar la sana crítica o el cuestionamiento de nuestras ideas previas, las va confirmando siempre, lo que nos hace cada vez más radicales. Aquello con lo que estamos en desacuerdo o nos desagrada simplemente lo apartamos, con lo que muy pronto nuestro universo informativo y cultural se ha reducido a una mera reiteración de aquello que ya pensábamos previamente. Por lo demás, las redes sociales no parecen configuradas para fomentar un debate riguroso, serio y abierto. Lo normal es un conjunto mayor o menor de seguidores que se limita a expresar un sentimiento simple con un pequeño icono, y los comentarios suelen ser una mera adulación o, al contrario, la expresión de un desacuerdo primario y frontal, a veces con formas próximas al insulto, mucho más que con argumentos razonables. Por ahí circulaba una frase, cuyo origen no he podido precisar, que venía a decir algo así como que Facebook te hace creer que tienes amigos, Instagram que eres buen fotógrafo, Twitter que eres ingenioso; el choque con la realidad puede ser terrible. Lo cierto es que vivimos en una sociedad en la que no interesa aquello que no puede expresarse en 280 caracteres, lo cual, de nuevo, incide en la simplificación, la radicalización, y el enfrentamiento, en lugar del matiz, la ponderación y el contraste riguroso de opiniones.
Por supuesto, todo esto se traslada a la política y a la vida social. Los parlamentos y los gobiernos se radicalizan, y pronto cualquiera que no comulga íntegramente con las ideas imperantes será duramente criticado, condenado al ostracismo o directamente insultado. Por poner algún ejemplo reciente, los debates sobre el pin parental, la eutanasia o la reforma de los delitos contra la libertad sexual son tan sumamente pobres y decepcionantes que parece que solo se puede decir que los hijos son del Estado o de los padres; que solo cabe proteger a ultranza el concepto que algunos tienen de ‘vida digna’, o por contra el encarnizamiento terapéutico; y que nadie puede osar expresar el menor matiz frente al ‘solo sí es sí’, bajo pena de condenarse en un infierno social. Creo que quienes, aunque sea muy modestamente, tratamos de formar y expresamos opiniones, debemos evitar a ese radicalismo y reivindicar la ponderación, la moderación y el matiz. Y, sobre todo, ofrecer siempre fuentes alternativas que posibiliten un debate abierto.