El libro del historiador Bartolomé Yun Casalilla Los imperios ibéricos y la globalización de Europa (siglos XV a XVII) (Galaxia Gutenberg, 2019) es una brillante síntesis que argumenta la modernidad de España y Portugal durante la primera globalización, algo que no ha contado con la aprobación de muchos e influyentes científicos sociales, dentro y fuera de España.
Este libro, además, interesa porque sirve para el actual debate sobre España como nación y Estado. 
Con densa información histórica, el libro está escrito con el método del empirismo sociológico anglosajón, característico de los grandes informes redactados por eminentes académicos al servicio de los gobiernos norteamericanos (policy analysis), como los famosos de Robert McNamara. Escribir historia es dosificar relato con análisis, y en este libro prima el análisis, pero se resiente el relato, así que la musa Clío, la inspiradora de las letras históricas, en esta ocasión está durmiente.
Son convincentes los análisis y los períodos cronológicos que Yun plantea en su obra. Entre el siglo XV y las dificultades económico-financieras del final del reinado de Felipe II (rey entonces también de Portugal y su imperio) se extiende un periodo en el que España dominó políticamente porque su burocracia, su logística naval y militar, su hacienda pública y fiscalidad, y en general, su organización estatal, fueron eficientes, y para nada el arcaísmo ineficiente o simplemente opresor que vieron autores recientes como Douglas North o Daron Acemoglu, o antiguos como Pierre Vilar, quien escribió que el imperio español era «la fase superior del feudalismo».
Aunque Yun no lo expresa así, la Monarquía hispánica cumplió la función de ‘Estado clave’ de aquella globalización, lo que después fueron Inglaterra y, en nuestro tiempo, Estados Unidos (hasta que Trump ha abdicado de esa responsabilidad). «El absolutismo (de la Monarquía hispánica) era asimismo una forma de mantener el orden social establecido», piensa Yun. Y ese orden finalmente se defendió de las amenazas del Imperio Turco, y de la falta de plata, y ambos hechos eran grandes amenazas para la Europa de entonces. 
A partir de 1580 surgieron dificultades para la Monarquía hispánica. El enorme esfuerzo de la guerra recayó principalmente sobre Castilla. El sistema financiero y logístico que unía América con Sevilla y con las ferias castellanas, y con el Consulado de Burgos, se arruinó, y fue sustituido por otro en el que Madrid era un nuevo centro económico peninsular, con conexiones más al norte de Europa. Este nuevo sistema, que fue consolidándose en el siglo XVII, viene a desmentir las tesis de Sevilla como centro de la ‘economía-mundo’ de I. Wallerstein, y del ‘desarrollo periférico’ de A.Gunder Franck. En mi estudio sobre Vizcaya en el siglo XVII, yo llegué, discretamente, a la misma conclusión con el caso de Bilbao, pues afirmé que su ejemplo era la corrección de la tesis de Wallerstein. 
 Durante el siglo XVII se agravaron de manera generalizada las dificultades. El endeudamiento estatal y el privado aumentó mucho, la renta per cápita disminuyó, especialmente en la Meseta norte, antaño próspera, que perdió población. La Corona, aunque mantuvo su pacto con la aristocracia y con las élites urbanas, y seguía teniendo apoyos en sus dominios de Flandes, Nápoles y Milán, tuvo que adoptar medidas que afectaron negativamente a su patrimonio y a su soberanía, precisamente cuando los monarcas franceses, destacadamente Luis XIV, podían hacer lo contrario, a costa muchas veces de los reyes Austria hispánicos. Además, por su carácter de Monarquía o imperio compuesto, y los limites que siempre tuvieron los reyes Austria españoles para ejercer el mando absoluto, no lo tuvo fácil establecer una eficaz política mercantilista, en un siglo mercantilista. De nuevo me surge el ejemplo vizcaíno. Vizcaya sí ejerció un mercantilismo, capaz de vencer a los mercaderes ingleses, holandeses y franceses, porque la Monarquía allí no contaba con aduanas en puertos como Bilbao, y Vizcaya poseyó una política comercial internacional propia. 
A pesar de la gravedad de la crisis del siglo XVII, Yun escribe, con razón, que las dificultades que entonces pasó la Monarquía hispánica para consolidar una economía competitiva, o capitalista moderna, no produjeron una decadencia irreversible. Ortega y Gasset señaló que la verdad histórica tiene carácter retrospectivo. Así, parece que la decadencia de España durante el siglo XIX, la pérdida de América y Filipinas, era resultado necesario de la historia anterior. Pero, ¿hubiera sido igual si Fernando VII, Napoleón o las guerras civiles no nos hubieran afectado de igual modo o de ninguna manera?
¿Ha sido la Iglesia Católica la causa diferencial de la historia de España? Está pendiente una revisión a fondo de su función histórica. Yun la incluye entre las entidades fundamentales, como la nobleza. La Iglesia en América dependió absolutamente del poder regio español, y las ordenes religiosas sirvieron a la Monarquía poniendo fuertes límites a la nobleza, singularmente en América. El catolicismo hizo prevalecer más la justicia que los valores de la libertad, y teniendo en cuenta el casuísmo eclesiástico, no solo jesuítico, este hecho podría explicar las dificultades que tuvo el capitalismo, y también el débil control del poder monárquico; en suma, dificultades para el liberalismo. España fue inmune al protestantismo, no sufrió guerras civiles religiosas como Francia, pero Francia tuvo con el primer rey Borbón, Enrique IV, un gran ministro de hacienda, el duque de Sully (1551-1641), que siguió siendo calvinista, a pesar de que su rey se había convertido al catolicismo. La influencia de Sully, que Yun menciona sin más, ¿condicionó el futuro de Francia? Es un hilo que nos lleva a un gran lío cultural y religioso: los efectos del poder sobre la religión, y sus consecuencias históricas. Y para cierta tradición cristiana el poder es el diablo.