NUEVO SURCO

Javier López


La almendra central

09/09/2020

Tras el impacto de las declaraciones del presidente de Castilla-La Mancha sobre los peligros de la cercanía de Madrid, este lunes nos hemos percatado de algo que ya era sabido: que Emiliano García-Page e Isabel Díaz Ayuso no tienen mala relación, y lo hemos visto, lo han querido visualizar ellos mismos, con una reunión en la puerta del Sol en la que también estaba el presidente de Castilla-León, Alfonso Fernández Mañueco. Las dos Castillas con Madrid, es decir, Castilla en un sentido más extenso que el que permite la configuración autonómica, forman la almendra central de España y es lógico que aborden los horribles efectos de la pandemia con planes conjuntos en una zona de intercambio diario y cotidiano por motivos de trabajo o de segundas residencias. En la meseta el Covid está pegando tan fuerte que sería una irresponsabilidad afrontarlo en plan taifas y prescindiendo de todo vínculo de una unión tan natural y de sentido común. Ya se puso de manifiesto en la primera ola con una colaboración sanitaria importante de Castilla-La Mancha hacia el Madrid asediado por el virus. Madrid vuelve ahora a estar en el ojo del huracán y el peligro se extiende por toda la almendra central de la península que de nuevo se convierte en la primera pantalla de la onda expansiva.
Es de los peores escenarios que nos podríamos encontrar al final del verano, y es positivo rebajar tensiones innecesarias. Con reuniones conciliatorias, como la mantenida este martes entre García-Page y Núñez en el Palacio de Fuensalida, comienza un curso que recordarán los niñ@s toda su vida como el de la mascarilla y los no-recreos, aunque la primera acción llamativa del post-verano y del curso político haya sido una megafusión bancaria. Lo que no pudo cuajar en los tiempos de un Mariano Rajoy, ahora envuelto de nuevo en las turbulencias barcenescas, se concretara en tiempos sanchistas y bajo  el paraguas de la pandemia. Pedro Sánchez asegura que el superbanco será muy interesante para España y su economía, pero le dio la bendición al matrimonio monetario a espaldas de su vicepresidente, que se lo ha tomado a mal aunque no tan mal como la marcha a Emiratos Árabes de Juan Carlos I.  Ya nos  ha contado que a cuenta del Emérito y su viaje indefinido mantuvo con Pedro Sánchez una «dura discusión».
 Asuntos, en cualquier caso, más del pasado que del futuro. El caso es que a Pablo Iglesias, tan cómodo y aferrado a los salones el Poder,  la reivindicación de la banca pública ya no le parece tan importante como la arenga republicana o las cuitas en torno a la nueva ley de memoria histórica que anuncia el gobierno para la semana próxima. Nacionalizar la banca ya no es la almendra central de un discurso con el que pretendía asaltar los cielos y lanzar al peor de los infiernos a especuladores y banqueros sin escrúpulos. Ahora, con algunos matices y argumentarios  autojustificantes, se agarra como un clavo ardiendo al relato gubernamental que le da cobijo y le ofrece resguardo.
Reivindicar una banca pública que alivie con créditos  a bajo interés la situación de currantes y autónomos  en tiempos de pandemia sería algo lógico en una izquierda neta consciente de su ADN, pero hoy, en estos tiempos extraños en los que todo se quema con furor en la hoguera de las vanidades,  todo se pierde y relativiza en un sinfín de justificaciones inverosímiles en las que Iglesias siempre se maneja como un campeón mientras deleita al personal con su el último diseño de una coleta convertida casi en moño con filigrana un poco almodovariana.
Iglesias sabe que su invento político no tiene mucho futuro. No lo tiene porque él se ha empeñado en lo suyo y no tanto en lo de la gente que  pretendía representar a la que intenta complacer con un dominio absoluto de los tonos y la propaganda que él prefiere situar bajo el enmarcado más digno de la ‘comunicación política’. Pero, al final, la gente no ha entrado por el estrecho conducto que él quería diseñar con  errores de bulto en el planteamiento básico.  Sin embargo, y con todas la renuncias ya a  sus espaldas, Iglesias ha accedido al meollo del poder, a la almendra central de los salones capitalinos, en un tiempo récord, lo que le asegura un futuro cómodo, sin grandes sobresaltos, y con las prebendas propias y vitalicias de un vicepresidente del gobierno de España. Así será, si alguna convulsión no lo impide, y él cuenta con ello.