BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Las dos Españas

26/10/2020

Es posible que la gran tragedia de nuestro país sea el hecho de que hayamos sido incapaces de resolver el gran problema que desde el siglo de la Ilustración se planteó en la mayoría de los países europeos entre progresistas y conservadores, que en España dieron en llamarse extranjerizantes y casticistas, origen de las dos Españas, con sus respectivas formas antagónicas de concebir el pasado, el presente y el futuro.
Y es que, en tanto que en otros países semejante dicotomía, mal que bien, terminó resolviéndose, de los Pirineos hacia abajo devino en lo que se conoce como cainismo, espíritu cainita, persistente incluso en nuestros días, y que a diario se hace patente en el Parlamento, escindido en dos grupos irreconciliables que ya Larra definió con su habitual mordacidad, en frase harto citada: «Aquí yace media España, murió de la otra media”. Dos Españas que, desde hace siglos, han dado muestras manifiestas de su incapacidad para convivir.
Fernando de los Ríos, ministro de la Segunda República, en un discurso pronunciado el año 1938, atribuiría, como Cánovas del Castillo, la raíz de este mal a la obsesión de los Austrias: «Aquel que quiso unir a España por la fe impuesta y por la Inquisición de la pureza de sangre (aludiendo al propio Felipe II), la dividió durante siglos, y a causa de esa división se han engendrado tres guerras civiles por la libertad y la tolerancia, la última de las cuales, y la más trágica, es ésta que estamos sufriendo y presenciando».
La cosa, como vemos, viene de lejos, y aunque ese cainismo tenga sin duda una motivación de carácter económico (no en vano definía Baroja a la España de su tiempo como «una oligarquía de políticos que miran al Estado como si fuera una finca»), también tiene otras más allá de lo puramente material, como pueden ser la visión social y aún las motivaciones de carácter religioso, aunque lo normal es que las tres aparezcan íntimamente imbricadas.  
Muchos políticos y pensadores desde la época de Carlos III intentaron con buena fe solucionar el conflicto a base de progreso, tolerancia y educación, pero cada vez  que la coyuntura se presentaba favorable, el desarrollo de los acontecimientos (una especie de fátum) se encargaba de retrotraernos. El momento cumbre fue la triste herencia de Fernando VII y las tres guerras carlistas que asolaron España mientras los países de nuestro entorno entraban en la modernidad. De guerra civil en guerra  civil  y de espadón en espadón llegamos al estallido de 1936 que dejó una herida en la sociedad española que, por más intentos que se han hecho, sigue abierta, y que se torna más sangrante cuando la coyuntura económica se agudiza y entramos en crisis.
Y así seguimos,  en un enfrentamiento que no augura nada bueno, con esas dos Españas incapaces de entenderse y aún de oírse. Porque, como escribe García Escudero, en su Historia breve de las dos Españas: «Lo malo no fue que las dos Españas existieran, sino que no se entendiesen. También hay dos Francias, o dos Inglaterras, o dos Alemanias; lo malo fue que entre nosotros las dos mitades, en vez de completarse, se opusieron; en lugar de integrarse, se combatieron. De las dos necesitábamos, ¿y acaso no era la intuición de esto lo que latía sordamente en lo más extremado de su enfrentamiento? Cuanto más furiosamente luchaban, ¿no era quizás cuando más profundamente querían convertir el abrazo mortal en abrazo fraternal, aunque no acertasen a hacer subir el deseo del corazón a los labios? Más todavía: ¿no era ese mismo conflicto el de tantos españoles internamente desgarrados, simultáneamente atraídos por las dos Españas en pugna, cruentamente enfrentados consigo mismos? La dos Españas, ¿no las lleva dentro de sí cada español como un reto para que las integre? Ese complementario que Machado nos enseña a ver en su contrario, ¿no está ya dentro de cada uno de nosotros?».