Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Verdades a medias

Desde pequeños aprendemos en casa, en la calle y en el colegio que las verdades a medias no son muy útiles para tener conocimiento claro sobre algo, pero seguimos rindiéndonos ante aquello que se nos presenta con aspecto de ser creíble y nos desinteresamos por la verdad.

Someter nuestra vida cotidiana a las reglas de la discusión académica y al rigor científico puede resultartan encorsetado que haga palidecer a la imaginación, aburrir a la fantasía y morir al simple placer de charlar sin mayor esfuerzo del que hagan las neuronas conectando datos con un proceso cognitivo básico. Sin embargo, aceptar cualquier media verdad nos condena a estar desinformados y a dejarnos influir por las opiniones que más se prodigan. Puede que en la mayoría de los casos no se expresen con la decidida voluntad de engañar. Muchas no son verdades enteras porque les sobra información sesgada, interés en ejercer predominio o fuerza moral en la opinión pública o necesidad de titulares para alimentar nuestra demanda desmedida de noticias para complacernos de inmediato.

En esta ocasión, me refiero a la profusión de opiniones y verdades a medias relacionadas con el tipo de alimentación y su efecto sobre la salud o el clima. Las distintas dietas, ecológica o vegana entre las más conocidas, responden, fundamentalmente, a estilos de vida y a éticas personales. Todas respetables y no creo que las diferencias entre ellas sean suficientes para imponerse moralmente en el debate público.

Los alimentos ecológicos se obtienen mediante métodos culturales, biológicos o mecánicos para evitar el uso de recursos no renovables y su contaminación. No obstante, para que todos podamos comer no toda la agricultura puede ser ecológica y la producción convencional aplica un sinfín de buenas prácticas para, por ejemplo, capturar carbono o reducir el uso de agua. Tampoco garantizan los ecológicos mejoras para la salud ni por sus cualidades nutricionales ni por la ausencia de contaminantes ambientales.

La alimentación vegana se basa en renunciar al supuesto derecho a utilizar animales para satisfacer nuestras necesidades. Por el momento, es incuestionable que el hombre es omnívoro y que de los productos animales obtiene proteínas de alto valor biológico, con todos los aminoácidos esenciales que nuestro organismo no sintetiza, y micronutrientes esenciales que, excepto la vitamina B12, también se encuentran en los vegetales pero en menor densidad y biodisponibilidad. Por tanto, las dietas veganas deben corregir las deficiencias de nutrientes para no perjudicar la salud.

Predicar la conversión al veganismo porque con ello también disminuiría la producción ganadera que genera más gases de  efecto invernadero que el sector del transporte, pues es otra verdad a medias. La principal fuente de información de esa opinión es un estudio de la FAO que para el ganado consideró todas las emisiones asociadas a la producción de carne tanto las indirectas (fertilizantes, roturación de bosques, cultivos de alimentos, etc.) como las que provienen directamente del animal (5%). En cambio, para el transporte solo se tuvo en cuenta la emisión directa de los vehículos (14%) y no las indirectas relacionadas con su fabricación, el mantenimiento de carreteras, aeropuertos etc.