La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Nos queda Portugal

28/04/2020

Todos los años, a finales de junio, hacíamos una inmersión en el trastero para sacar las cosas de playa. Palas de madera, pelotas de goma, una tabla medio partida de las de coger olas en la orilla, gafas y aletas por si había rocas y vida marina, una baraja de cartas, la pelota y la tumbona hinchables que nos regalaron en una farmacia cuando compramos las cremas protectoras, la sombrilla de rayas rojas y blancas. Montábamos todo en el coche y nos íbamos por la Vía de la Plata hasta Huelva. Allí pasábamos diez días; del hotel a la arena, de la arena a la piscina, y vuelta a empezar. Cuando nos cansábamos, cruzábamos la frontera y asentábamos nuestro campamento en Praia Verde. Unos pocos kilómetros de distancia y un mundo de diferencia entre la playa irregular, caprichosa, de Isla Cristina y la interminable calma del lado portugués.
A fuerza de repetirlo nos entró en la cabeza que estábamos haciendo el tonto. Por eso cambiamos el plan anual y decidimos pasar casi todos los días en Portugal y hacer la excursión de un día para comer arroz marinero en Ayamonte, donde Miguel Ángel y Micaela. El país vecino tiene unos pueblos bien tratados y agradables de visitar, una gastronomía sensacional a precios asequibles; una cadencia vital más lenta que la española a la que, una vez que te acostumbras, se le encuentra el disfrute. Cuando nos quitamos de encima la ignorancia y el complejo de superioridad, fuimos felices. Portugal no es el país que tenemos en la cabeza la mayor parte de los españoles, ese hermano pobre que vende toallas y ropa de cama. Parece que sólo nos acordamos de Portugal cuando llega el momento de las votaciones de Eurovisión y confiamos en su puntuación generosa, o cuando toca mundial de fútbol y decidimos ir con ellos si nos eliminan primero. Tenemos una historia compartida de siglos; fuimos imperios rivales; el portugués es la lengua oficial de nueve países repartidos por cuatro continentes; nuestras democracias tienen una edad similar.
La gestión política de la pandemia de coronavirus está siendo diferente allí. Aquí seguimos con lo de siempre, con políticos que parecen clones salidos de una cadena de montaje con el odio y la ineptitud equipados de serie; con los muertos sobrevolando el espacio aéreo del Congreso de los Diputados; con poses fraudulentas, noticias falsas, fotografías trucadas; con un veneno cainita que supura y lo corroe todo. Portugal es distinto, como la playa: unos pocos kilómetros de distancia bastan para encontrar políticos responsables, unidos en la tragedia y frente a la amenaza, gente normal dotada de sentido común. Si la situación que estamos viviendo no sirve para sacar lo mejor de nuestros representantes, de nuestros líderes, tal vez sea el momento de dejarlo todo y aprender portugués.