La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Blanco

12/01/2021

«Mejor ser un perro en tiempos de paz que un humano en tiempos de caos», dice una expresión china. A los perros no les ha ido mal estos días. Aparte de que parecen inmunes al coronavirus, han arrastrado a sus humanos fuera de sus guaridas para hacer lo que hacen los perros de ciudad: olisquear, miccionar y defecar, con la diferencia de que esta vez la nieve les ha mantenido alejados de los umbrales de las casas. Filomena ha pintado el año de blanco, con lo que supone de belleza y trastorno a partes iguales. A mí me parece una deliciosa forma de borrar los recuerdos de 2020 y disponer de un lienzo virgen sobre el que ir marcando nuestros primeros pasos. Durante unos días hemos recuperado el uso peatonal de las calles, el silencio envuelto en aire limpio y cortante. La nieve ha cubierto las bolsas de basura abandonadas, los pavimentos rotos, y nos ha agraciado con una ciudad de postal de las de antes del color, un islote nórdico en el que no han faltado los trineos y los esquiadores.
Todo tiene un coste, claro. Por cada esquiador había veinte personas guardando colas soviéticas ante la puerta del Carrefour, a la espera de que les cayese la lotería de una barra de pan y media docena de huevos. Por cada fotógrafo que inmortaliza una ocasión que no acontecía desde hace cincuenta años ha habido un coche sepultado en vida. Por cada batalla de bolas de nieve apta para adultos ha sucumbido el ramaje de un árbol. Por cada alegrón por la suspensión de las clases escolares se ha derrumbado la cubierta del patio de un colegio. En la terraza de mi casa pagamos la rareza de poder fabricar un muñeco de nieve con nariz de pepino y ojos de piedra, con tres horas de trabajo familiar paleando una tonelada de nieve para evitar que se congelara y se quedara a vivir hasta la primavera. Aparte de entender mejor las vivencias de un explorador ártico, un inuit o un señor de Burgos, la nieve nos ha reforzado el complejo de inferioridad que arrastramos desde que se declaró la pandemia. Tres días de nevada han inmovilizado los buenos propósitos que creímos descubrir dentro de una docena de uvas.
En Estados Unidos ha pasado algo parecido, pero sin belleza. Sus tiempos de caos culminaron en el asalto al Capitolio. Aunque el origen no se llama Filomena sino Donald, fue un tormento perfecto madurado a lo largo de cinco años, encabalgado sobre Twitter y Facebook, y desatado por los abanderados del odio blanco. La basura blanca creo que los llaman por allá. Un nombre que algunos por aquí también le dan a la nieve.