A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


Verdad y perspectiva

11/01/2021

Me van a permitir que le tome prestado a Ortega el título de uno de sus más importantes escritos para titular mi columna de esta semana. Verdad y perspectiva es uno de los ensayos que forman una magnífica obra suya llamada El Espectador. Y precisamente, hoy quiero hablar en esta columna como espectador y como personaje a un tiempo, pues, siguiendo al filósofo madrileño, para poder pasar a la acción se necesita previamente acotar una parte de nosotros mismos para la contemplación. Contemplación, eso sí, entendida no como un mero ejercicio de ver pasar, sino como la actividad de observar, meditar y entresacar una conclusión al margen de la consecuencia acaecida. Contemplación como característica propia de la que nace la filosofía, como el concepto que Platón aporta en La República de ‘amigos del mirar'.
A nadie se le escapa, contemple o no, que los españoles somos espectadores de una época marcada por el desastre y la tragedia. Se actualiza aquella famosa afirmación del filósofo alemán Oswald Spengler de que «la historia del universo avanza de catástrofe en catástrofe, podamos o no concebirlas y fundamentarlas». Aquí está inserta una primera verdad, que es la pandemia que sufrimos y que sigue azotándonos con vara de hierro, que se ha llevado ya a mucho más de cincuenta mil personas, que ha logrado colapsar nuestro sistema sanitario y que, entre tantas otras cosas, está asolando hogares, puestos de trabajo, familias y empresas. Y, si se me permite, que también está haciéndonos ver a los ciudadanos de a pie la verdad sobre aquellos que quisieron proclamarse salvapatrias sin saber ni lo que es salvar ni lo que es la patria.
Pero no es de esa verdad de la que quiero hablarles hoy, porque está ya tan hablada y tan esclarecida que poco más se puede decir de ella. Yo quiero reflexionar sobre una segunda verdad también inserta en estos días: la borrasca Filomena. Esta verdad, que estaba prevista oficialmente desde el cinco de enero, en que la AEMET publicó el Aviso Especial 1/2021, ha pasado por nuestra provincia y por otras tantas más dejando auténticos estragos y situaciones difícilmente olvidables. Muchos municipios han quedado incomunicados y sin suministros, muchas personas mayores y vulnerables han tenido que sufrir el frío, el miedo y la desasistencia en sus propios hogares, el personal de transporte sanitario y Protección Civil se ha jugado la vida por sacar a los pacientes adelante quedando incluso atascados en carreteras, los sanitarios han quedado encerrados en los hospitales donde trabajan y han duplicado, triplicado y cuadruplicado turnos, empleados municipales han trabajado a destajo en muchos lugares afectados… Esta es la verdad que ha ocurrido, los hechos que son incontestables. Ahora, toca evaluar las dos perspectivas que creo que Filomena nos ha dejado: la del civismo y la del incivismo.
La primera de las perspectivas ha sido, y debe reseñarse la primera, la del civismo, la de la buena vecindad. En el día de ayer, varios grupos de personas en varios barrios de Toledo, como en otros puntos de España, salieron a las calles con palas y la sal que pudieron conseguir para llegar donde las máquinas quitanieves o los empleados municipales no podían llegar. Ello no significa, como algunos han querido ver, una competición malsana para lograr una fotografía convincente, sino un gesto de solidaridad y de bien común propio de quienes sienten como suyo el lugar donde viven. A esos los llamo cívicos. También llamo cívicos a las personas que, no habiendo sido avisadas por quienes han organizado los grupos, se han unido a ellos aportando sus manos y los enseres a su alcance, desde palas hasta carros para llevar la sal. Y también llamo cívicos a quienes han ayudado a sacar a enfermos y a impedidos de sus casas porque la nieve dificultaba su actividad a los profesionales. Y también llamo cívicos a quienes han llamado a la Policía y a los servicios de salud prestándose para ayudar. Y también llamo cívicos, por supuesto, a tantos profesionales que en estos días han echado el resto ayudando a los demás y que tantos son que no puedo mencionarlos por el espacio de esta columna, entre los que sí quiero destacar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
La segunda, por lógica, es la contraria: el incivismo. Un incivismo que, casualmente, está íntimamente relacionado con un individualismo neurótico y con una inteligencia asintomática de carácter patológico. Llamo incívicos a quienes pretenden hacer leña del árbol caído con la catástrofe y con las actitudes cívicas que ha provocado. Llamo incívicos a quienes han decidido hacer baja política o, simplemente, convertir en ideología lo que tan solo es civismo. Llamo incívicos a aquellos que, ante un imponderable natural como este, tan solo han tenido palabras para quejarse de cosas tan absurdas como que perdían un día de golf —¡ay, pobrecito golfista!— mientras otros perdían la luz, el agua, la calefacción e, incluso, el funcionamiento de respiradores, como le ha ocurrido al padre de un amigo. Llamo incívicos a quienes han insultado y menospreciado a quienes han ejercido el civismo propio de cualquier ser humano racional. Llamo incívicos a los que han hecho de la imprevisión y de las cortinas de humo ante esta catástrofe su seña de identidad. Y llamo incívicos a quienes, desde puestos de trabajo tan relacionados con las catástrofes, han optado por jugar al avestruz.
Me duele mucho tener cada día más claro que en las circunstancias difíciles es donde se ve la verdad de cada cuál, sin perspectivas que nos engañen. No sé cuál será la próxima catástrofe que nos sobrevenga. Lo que sí sé es que nunca aprenderemos del todo de las anteriores. Contra esta desesperanza, prefiero quedarme con una frase del Quijote: «Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables».