Cristiandad

Javier Salazar Sanchís y María Ferrero Soler


Dios se deja vencer por la constancia y humildad de la oración

16/08/2020

Son deliciosas las páginas del Evangelio que narran diálogos de Jesús con alguna mujer. De ellas saca el Señor lo mejor de su corazón y consigue actos de fe y de amor, que adornan como verdaderas perlas preciosas las páginas evangélicas. Desde las primeras páginas del Génesis, que muestran a Eva reconociendo ante Dios la culpa de su pecado, hasta las páginas del Apocalipsis, que describen a la Mujer bíblica, bellamente ataviada como una Esposa, pasando por las páginas en las que María cautiva el corazón de Dios con su impresionante ¡Hágase!, la mujer atraviesa, como hilo de oro, toda la historia de la salvación. Sin ella, no hubiera sido posible la revelación y el cumplimiento del misterio de Cristo en la historia y, ni mucho menos habría sido posible la Encarnación del Verbo.
El evangelio de este domingo mueve a la esperanza. Dios escucha nuestra oración si es insistente. El evangelio de este día nos indica un método de oración y muestra la manera como Jesús quiere ser vencido. A lo largo de su vida pública son muchas las personas que se acercaron a Cristo para pedirle cosas o discutir con Él. No a todos los trató de igual manera. A algunos, como quien dice, los despidió con cajas destempladas, a otros los dejó sin respuesta porque querían tenderle una trampa y más de uno se quedó con la boca abierta o hubo de marchar avergonzado. La mujer de la que nos habla el evangelio de hoy nos muestra un camino diferente. Es una de esos personajes que doblega la voluntad de Cristo. Esta frase no debe tomarse al pie de la letra como si Jesús hubiera mudado su decisión. Sucede, como con María en las bodas de Caná de Galilea, que actuando de esa manera nos enseña algo. En este caso, como veremos, se nos insta a la humildad y la constancia en la petición. Se acerca a Jesús una mujer que viene de lejos. Ella no es judía, sino fenicia de Siria. No tenía relación con Jesús. Pero había oído hablar de Él y ante el drama que padece piensa que sólo Cristo puede ayudarla. ¿Qué hace? Se echó a sus pies. Aquí ya aparece más clara su humildad. En ese gesto ya vemos que lo que pide lo pide de verdad. No es una mujer que se dirige a la oración para cumplir una obligación o como un acto rutinario. Se echó a los pies porque tenía claro con quien hablaba. Una de las cosas más difíciles a la hora de hacer oración es tomar conciencia de que estamos delante de Dios. A veces puede suceder que toda nuestra oración, el tiempo que le tengamos asignado, se agote en esa lucha por ponernos en presencia de Dios. La sirofenicia lo hace de golpe, porque su fe es muy grande, y reconoce la divinidad de Cristo oculta tras su humanidad.
Lo que sorprende de esta escena, sin embargo, es la constancia de la mujer. Incluso cuando Jesús parece que la desprecia -«No está bien echarle a los perros el pan de los hijos»-, la mujer no cede. El motivo es porque su deseo es muy grande. Por eso se acoge a las migajas que algunos exegetas dicen que no eran las de la comida, sino las del pan con que se limpiaban las manos al final. La respuesta guarda similitud con la de aquel centurión que dijo «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará»; o con la hemorroísa que se conformó con tocar la orla del manto; o, ya empezado el tiempo de la Iglesia, con aquellos enfermos que se ponían en las calles esperando les alcanzará la sombra de los apóstoles al pasar. Les bastaba con un poco porque sabían que era muchísimo.
La respuesta de esta mujer cananea vale también para nosotros. Si nos diésemos cuenta del amor que Dios nos tiene nos asustaríamos. Ahora nos damos cuenta de las migajas del amor de Dios y el nos está invitando a sentarnos a su mesa. Cada día lo decimos: «Dichosos los invitados a la cena del Señor», y parece que nos da vergüenza sentarnos a disfrutar de la cena y nos contentamos con la migajas. ¡Si las migajas ya son mucho qué no será en el mantel!. Si nos diésemos cuenta de la maravilla del cielo nos comeríamos el mundo, nada nos detendría. No tristezas, ni agobios, ni pobreza, ni insultos, ni desprecios…, nada de eso puede hacer sombra al «amor de Dios manifestado en Cristo Jesús».
Se ha escrito mucho sobre este pasaje de la Escritura pues nos deja de piedra la actitud de Jesús. Esta actitud del Señor con la cananea puede ser como la que podemos ver en una madre, probando el amor de su hijo pequeño: el niño acude a su mamá pidiendo ayuda, para hacer los deberes, para que le coja la pelota que no está a su altura, porque no puede abrir la caja de juguetes, y ella, la madre, se hace la dormida, o como que no le oye, o como que ahora no tiene tiempo para atenderle, y el niño insiste, sabiendo que es imposible que una madre no le ayude, al fin, a quitarle esa pena. La madre prueba el interés del hijo, la auténtica fe del hijo en que ella va a poder solucionarlo. Igual Cristo.
Jesús también toma esa actitud, aparentemente dura, con la mujer de nuestro Evangelio, para enseñar a generaciones futuras cómo hemos de rezar: con insistencia, con tozudez, con perseverancia, y, sobre todo, con una fe, que nada le hace desfallecer, como a esa madre: «Señor, socórreme» y la contestación que da el Señor puede ser la menos comprensible: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero esta mujer cananea conoce el corazón de Cristo, al igual que un hijo conoce el corazón de su madre: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Es imposible que una madre se resista al requerimiento de su hijo, como si de pronto oyera que éste le dice: «mamá, ayúdame, porque yo te quiero mucho». Es lógico que Cristo conteste, ya vencido y derrotado por la fe y el amor de ésta mujer: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y así, la madre llena de emoción seguramente le diría: «hijo mío, claro que te va a ayudar mamá, ven, dame un beso». Esto mismo hace Cristo: «y en aquel momento –termina el Evangelio de hoy- su hija quedó curada».
Comentando esta escena San Agustín dice,  «esta mujer nos enseña a subir desde la humildad hasta la altura». La oración verdadera parte de considerar nuestra condición, ínfima en comparación con Dios, y su grandeza. Gran maravilla es que habiendo tanta desigualdad entre los interlocutores pueda darse un verdadero diálogo de amor.
La mujer cananea nos cautiva por la humildad con la que se acerca a Cristo. Admirable también el amor de esta madre, capaz de cualquier cosa por salvar a su hija de las garras del mal y del demonio. Ella sabía muy bien que no era digna ni siquiera de acercarse al Maestro; sabía que no era de los elegidos de Israel, que su pueblo, adorador de los baales y de otros dioses paganos, era rechazado por la fe monoteísta de los judíos. De hecho, los apóstoles, hijos de los prejuicios de su tiempo, insisten al Maestro en que la haga caso, movidos por el deseo de librarse de aquella mujer inoportuna, pesada y hasta desagradable para la imagen del grupo. Pero, el Señor guarda para ella una de las más grandes alabanzas hacia la mujer que nos hayan narrado los Evangelios: «Mujer, qué grande es tu fe». La llamó ‘Mujer’, como tantas veces llamó así a su misma Madre. Y de ella se fijó en esa grandiosa confesión de fe, llena de humildad y de amor, que conmovió y consoló el corazón del Señor, porque pocas veces encontró esa grandeza de fe entre los mismísimos hijos de Israel. A los apóstoles esa exclamación debió de sentarles como una colleja: que alabara su fe, delante de ellos, que estaban orgullosos de ser los elegidos y seguidores del Maestro… pues, eso, ¡como si les diera una colleja!
Los que tienen un perro a su lado, o los conocen y tratan, saben muy bien todo lo que su dueño significa para ellos. Conocen esos gestos de fidelidad incondicional, de lealtad, de nobleza extrema, de cariño y sumisión, con que saben entregarse a sus amos. Y solo los dueños conocen esa mirada especial de su perro, cuando se pone junto a él, pidiéndole con los ojos ese poquito de su comida, que quiere recibir de su mano. A mí me suele pasar: cuando Maya, mi perra, se sienta sobre sus patitas y mira como hipnotizada a mi plato de comida, después de un rato de espera silenciosa y tenaz, logra que me desarme y, por más que intento resistirme, termino dándole el placer de comer algo de mi mano. Las migajas de comida que caen del plato de su amo y que el perro lame en el suelo, solo porque son migajas de su amo, son una de las mayores delicias con que puede ser recompensado. Solo la delicadeza de un corazón tan femenino y materno como el de esta mujer pudo hacer esta colosal confesión de fe y reconocer, a su modo, que el Maestro era el Amo, el Señor, el Kirios. Y el Señor se conmovió con este lenguaje de amor y de humildad con que la mujer cananea se acercaba a su corazón pidiéndole el milagro.
Los apóstoles no debieron entender ni jota. Quedarían, una vez más, desconcertados por lo inusual de la actitud del Maestro: tratar así a una mujer, que además era extranjera, y ensalzarla hasta el punto de ponerla como ejemplo y modelo de fe, era algo difícil de asimilar; más que una doble colleja, podía ser casi una patada en la espinilla. Ya tendrían tema de conversación para una larga tertulia, de esas que solían tener al caer la tarde, en las que el Maestro les explicaba en la intimidad lo que predicaba abiertamente a las gentes.
La hija de esta madre cananea fue liberada del demonio por la fe y el amor humilde de su madre. Y es de suponer que, igual que le pasó a María Magdalena, volvió a su casa anunciando a todos los de su pueblo las maravillas que el Señor había hecho con ella.
Le pedimos a María, omnipotencia suplicante, que, como ella, y aquella sencilla mujer sirofenicia, aprendamos a ser humildes y, a la vez, audaces en la oración.