El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Paseos por el Toledo que fue

09/09/2020

Uno de mis pasatiempos preferidos es el de, a modo de personaje galdosiano, deambular sin rumbo por el dédalo de calles, callejuelas y callejones que componen el entramado urbano del viejo Toledo histórico. Siempre hay alguna sorpresa, un rincón desconocido, un detalle nunca antes percibido, que nos muestran una ciudad extraordinaria, no sólo en las grandes construcciones, sino también en las humildes casas, en los hermosos patios, en los portalones coronados de vetustos blasones, en ese fragmento visigodo empotrado en una pared o el viejo cipo islámico reutilizado como columna. E incluso el mismo ámbito se transforma con la cambiante luz del día o de las estaciones. Cada paseo es una oportunidad de amar más esta peñascosa pesadumbre.
Pero no todo es belleza y alegría. En mis despreocupados paseos, con demasiada frecuencia, me asalta el dolor y la tristeza. Me ocurrió hace unos días. Caminaba junto al magnífico edificio con el que la munificencia del cardenal Lorenzana dotó a la Universidad toledana, el viejo Instituto de la ciudad durante décadas, que dio nombre a una de las calles adyacentes. Decidí recorrerla, pues al final, en un estrecho callejón, hay una casa que evoca muchos recuerdos de mi niñez. Allí vivían unos parientes, a quienes mis abuelos y mis padres me llevaban a visitar con frecuencia. Era tradicional, en la oscura e invernal tarde de Nochebuena, pasar con ellos un largo rato felicitándoles las Pascuas. Hacía treinta años que no había regresado al recoleto rincón y cierta nostalgia me movió a acercarme. Lo que se presentó ante mis ojos me conmovió íntimamente. La puerta y las ventanas estaban tapiadas y en la casa de al lado, donde los ladridos de un perro me inspiraban infantil temor, tampoco había señales de vida. Vacío, ruina, decadencia. Tan sólo quedan los recuerdos que alberga mi memoria.
Lo más doloroso es que no se trata de un caso aislado. Cuántos viejos edificios, antaño llenos de vida, de risas y lágrimas, de historias, se han trocado en abandono, y sólo esperan que el tiempo los transforme en solares donde crezca la vegetación. Esa es la gran amenaza para Toledo. Los grandes monumentos, por su importancia intrínseca, siempre serán objeto de preocupación, y salvo una terrible catástrofe –y no dejo de pensar con preocupación en qué ocurriría con un incendio en la catedral de la magnitud del de Nôtre Dame- no corren especial peligro. Pero Toledo no es sólo esos maravillosos edificios. La belleza de Toledo la constituye la ciudad en sí. Y una ciudad no lo es si no está viva. Son las gentes que la habitan las que hacen que ese extraordinario patrimonio se mantenga. Toledo necesita, de modo urgente, más allá de la retórica, que se busque el modo de que sea algo vivo. De lo contrario tendremos un museo arqueológico inmenso, o lo que es peor, un hermoso mausoleo sin aliento vital.