LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Radio que estás en los cielos

Hoy es el Día Mundial de la Radio porque Naciones Unidas decidió dedicar una jornada de su calendario multicolor a reconocer la importancia del medio como promulgador y difusor de ideas que puedan contribuir a la paz y el diálogo. Escogieron el 13 de febrero porque ese día del año 46 se puso en marcha Radio Naciones Unidas, aunque únicamente se lleva celebrando desde el 2013. Lo digo fundamentalmente porque para mí, y los que llevamos media vida en la radio, esta celebración es nueva, aunque no por ello menos gratificante. Todos los días son de la radio, desde antes incluso de que amanezca el sol, con esa radio de madrugada que escala las horas en los hospitales, taxis, burdeles o cocinas. Una radio que muerde la oscuridad de la habitación y asume el insomnio. Yo, que he hecho radio de madrugada, puedo decir que a esas horas un programa se escucha y no se oye. Cada palabra que sobrevuela el éter cae a plomo sobre el oído del oyente. Aunque para mí, la radio no es un medio que se oiga ni se escuche, sencillamente se siente. ‘Niño, pon la radio que te sienta’, decía mi madre antes de salir los primeros días como locutor de prácticas en Onda Cero Ciudad Real. Y desde entonces se hizo la comunión de los sentidos.
Me dedico a esto por mi madre, la verdad es que sí, no porque ella fuera periodista, sino porque cada mañana invitaba a Luis del Olmo a tomarse el café en la cocina. Y Luis contaba y reía, escuchaba, daba paso, saludaba a los contertulios, que se quedaron a vivir en la radio. Luego descubrí a unos señores que gritaban mucho y me contaban lo que pasaba en el Bernabéu. Aprendí a hacer la tarea con la radio de fondo e incluso las traducciones de latín en la adolescencia, que mezclaba con las voces de Pumares en la madrugada. Estos señores me alegraban la vida y entraban en mi casa sin pedir permiso.
Andados los años, pude conocer a alguno de ellos. Sigo recordando con el corazón encogido aquella mañana que compartí con Luis del Olmo en los viejos estudios de la Plaza de la Merced. Este señor tan alto, el Papa de la radio moderna, al lado de un chiquillo que se sentaba a su lado para hacer un informativo regional de diez minutos. Lo recuerdo como un molinillo de viento, cogiendo y soltando papeles y dejando el estudio como un mar océano de guiones, entradas, escaletas y anuncios. Luego conocí a Herrera, más grácil todavía en la palabra. A Carlos no le hacía falta nada. Se apagaba las luces del estudio, se encendía un flexo... y a volar. Incluso daba una cabezadita cinco minutos antes de empezar por las tardes. Con el tiempo, yo también desarrollé esa habilidad, en la radio como en la vida, porque al fin y al cabo, la misma cosa es. Y puedo dormirme en una conversación de café con los ojos abiertos, de igual forma que las madrugadas pasaban factura después dejándome privado en ocasiones ante el micrófono. Desarrollé la habilidad de seguir una conversación y pillarle el hilo sobre la marcha. Pumares leía libros a la vez que hablaba con los oyentes.
La radio es el nervio que me recorre la columna, el ácido que me devora por dentro, el padrenuestro del creyente, la teta del niño chico, el oxígeno del pez dentro del agua, la vida clara y despejada, la tormenta de mitad de la noche. Si a Chanquete le echaron el acordeón a la caja, ya saben mis hijos lo que tienen que hacer cuando el momento llegue.