La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Psicosis

Huevos, leche semidesnatada, naranjas de zumo, aceite, pan y otra docena de cosas escritas a boli en una hoja arrancada a una libreta eran mi salvoconducto. Con el papel bien visible en la mano y un par de bolsas en la otra, salí de casa, monté en el coche y conduje por vías desertizadas hacia el centro comercial. Hasta tres coches de policía con las luces azules encendidas jalonaron mi camino; uno patrullaba los alrededores de una farmacia, otro el acceso al casco histórico, el tercero una gasolinera.
Aparqué delante de la puerta principal tras unos instantes indeciso ante la gran cantidad de huecos. Una señora se afanaba con una bayeta y una disolución de lejía en eliminar los gérmenes de las paredes y los pasamanos de las escaleras eléctricas. A lo lejos, en medio del pasillo, una rubia guapísima de cartón me sonreía y el lema escrito bajo su cuerpo de Photoshop me informaba de que con Soylent Green mi cuerpo se parecería al suyo. La chica de la agencia de viajes estaba recluida en su pecera con la persiana metálica bajada. Me quedé unos segundos mirándola, esperando que el recinto se llenase de agua y que ella se inflase como un pez globo y empezase a flotar y a boquear con ritmo lento.
Eroski. Pocos clientes, mucha limpieza, seguridad redoblada. Conduje mi carro por los pasillos transformados en escenario de película galáctica, preguntándole a HAL dónde estaba la gelatina en láminas. Mascarillas en las caras, guantes azules de quirófano aferrados a los manillares, uso compulsivo de geles alcohólicos, cintas balizadoras para marcar la zona de riesgo de contagio entre las cajeras, líneas adhesivas amarillas en el suelo, instrucciones de alejamiento: «no se acerque hasta que no se marche el cliente anterior», «deje sus productos al principio de la cinta mecánica», «evite el pago en metálico». Silencio. Ni banda sonora, ni conversaciones. Eché mano de mi lista de la compra y fui rellenando el carro. Al segundo producto noté lo que pasaba. La gente se daba la vuelta cuando yo entraba en el pasillo, retrocedían en cuanto me veían, trazaban grandes círculos con tal de no acercarse, dejaban de mirar la balda del tomate frito o del desodorante si me paraba a su lado. Yo era el octavo pasajero, la única persona de cara descubierta y manos desnudas, una amenaza potencialmente mortal. Jugué un rato a espantar carros, divertido como un pekinés que irrumpe dentro de una congregación de palomas, hasta que vi la mirada desaprobadora de uno de los vigilantes. Volví con la compra hecha. Los policías de la farmacia habían movido el coche unos metros y obligaban desde la ventanilla a que una joven abriese su mochila. Descargué, entré en casa. A punto estuve de cerrar con doble vuelta de llave.