Me la juego

Ana Nodal de Arce


Bendita rutina

18/03/2020

He leído que un hombre ha devuelto una piedra de 2.000 años de antigüedad, que robó hace quince, porque cree que con esto del coronavirus llega el fin del mundo. Y el individuo quiere morir con la conciencia tranquila. Eso sí, el ladrón, por si acaso, ha mantenido su anonimato y ha utilizado a un intermediario para dar cuenta de su delito y devolver su histórico botín. Y esto no ha hecho más que empezar. Algo así es lo que le ha ocurrido, supongo, al rey Felipe VI, que, en vista de las circunstancias, ha decidido distanciarse de su padre, el emérito, que parece que ha utilizado argucias ilegales para enriquecerse. Ya le vale. Y nosotros aquí, en plena incertidumbre. Sin salir de casa. Confinados. Y aguantando una situación de ansiedad que no sé yo en qué va a acabar.
En fin, en estas circunstancias, que van para largo, creo que es momento de pensar con frialdad. Más o menos. Y es que tras ese estado de alarma, imprescindible, que vivimos, se esconden emociones, sentimientos, que serán difíciles de controlar y de evaluar en esta cuarentena. Pienso que las medidas han llegado tarde, sí. Cuando escribo esta columna, me asusta ver la evolución desbocada del número de infectados por este maldito virus, también las consecuencias económicas y anímicas que va a suponer este desastre en la vida de cientos de miles de personas. Es verdad que me anima la solidaridad de muchos, pero también me indigna la falta de empatía de otros que han reducido este a tragedia a una cuestión ideológica. O de partidos, que es peor.
Personalmente, me acuerdo de mi madre y de su neurólogo, el doctor Marsal, lo cito porque es fantástico, que me decía que para aliviar los síntomas de su enfermedad le convenía «rutina, rutina y rutina». Ahora echo de menos esas visitas a la residencia de mayores de Barber, magníficos sus profesionales por cierto, ese paseo por la Vega Baja, que nadie me la toque que la lucha sigue aunque estemos en cuarentena, y esa cervecita a media tarde en uno de los bares de Santa Teresa, donde, espero, no hagan la segunda fase del aparcamiento. Con la esperanza de que esto sea breve, seguiremos en casa, con ganas de dar besos y abrazos a los que tenemos lejos de nuestro confinamiento y añorando nuestra bendita rutina.