La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Misión

15/09/2020

Rieli Franciscato, brasileño, tenía una misión. Era un hombre de selva amazónica, de ríos caudalosos plagados de pirañas, de vergeles que cobijan a criaturas venenosas y a las aves de más raro plumaje por igual. De joven tuvo claro el bando al que pertenecía y se volcó en la defensa de las tribus no contactadas que viven en un espacio cada vez menos virgen y más violado por las penetraciones de los mineros, madereros y rancheros furtivos. Decía tener el anhelo de que el Brasil del futuro fuese un lugar en el que toda la tierra indígena siguiera protegida. Su dedicación era un puñado de gentes escondidas y desnudas que se mantienen en comunión con la naturaleza, y su trabajo frenar el cáncer capitalista del principal pulmón del planeta.
A poco que se parase a pensar sabría que la batalla estaba perdida, que el estado brasileño y el dinero y la apisonadora de la modernidad jugaban en el equipo contrario. Las tribus serán exterminadas a no mucho tardar porque habitan un territorio de maderas valiosas y metales codiciados. Pero es sabido que el enamoramiento anula el sentido común y provoca comportamientos extraños. Luchó y trabajó en uno de los lugares más bellos y más peligrosos del mundo, puso pequeñas piedras en el camino de los bulldozers del desarrollo, retrasó unos minutos el reloj de arena de lo inevitable y, por encima de todo, seguro que disfrutó de experiencias vitales al alcance de muy pocos señalados por el dedo arbitrario de los dioses. En una fotografía se le ve sentado de costado en una lancha con motor Yamaha, en pantalones cortos, la mano firme en el timón, un chaleco salvavidas naranja cómico de puro grande, los labios adelantados, la mirada al frente, surcando un río turbulento con el decorado esmeralda de la selva al fondo. No me diga que no le envidia, que no cambiaría todo lo que tiene por ser un hombre con fe, con una causa justa por bandera, dedicado a salvar vidas desconocidas, con la oficina instalada en la cubierta de una zodiac, hábil en la esquiva de multitud de peligros mortales.
Rieli no sucumbió a los caimanes, ni al abrazo de una anaconda, ni a la picadura de un insecto. Tampoco fue abatido por el disparo de un minero o decapitado por el machetazo de un leñador, como él mismo imaginaba. Murió la semana pasada a los 56 años en Seringueiras, en el estado de Rondonia, con el pecho atravesado por una flecha disparada por un guerrero Uru Eu Wau Wau, la tribu a la que intentaba salvaguardar. ¿Acaso hay una forma más hermosa de vivir? ¿Acaso hay una manera más gloriosa de morir?