LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La mascarilla

07/01/2021

Una mascarilla mal puesta provocó el otro día en el Metro de Madrid una bronca monumental entre un señor mayor y una chica joven. Debería decir ya en esta segunda línea del artículo que la mujer era negra, pero cualquiera se atreve. Quizá debiera sugerirlo, utilizar eufemismos o sencillamente, pasarlo por alto. Sin embargo, por el propio desarrollo de la historia, resulta un matiz importante como a continuación se verá, pues la propia mujer de color – ya estamos con los tabúes- termina llamando racista al señor mayor. El suceso fue grabado por una periodista que extrae la conclusión de que el incidente se debe a la crispación acumulada por los ciudadanos tras un año de pandemia.
El Metro lo aguanta todo, pues uno recuerda de sus años en Madrid cómo ligaba por las mañanas con solo un par de miradas. Bueno, eso era lo que suponía, porque luego, a la hora de la verdad, terminaba haciendo transbordo en sentido contrario. Sin embargo, el Metro ha dado mucha literatura, desde que Sabina se fue a cantar en los andenes hasta este señor que conminó a la chica a subirse la mascarilla y taparse la nariz. Ella contestó que bastante era que la llevaba puesta y el hombre subió el tono de su invectiva. Al final, terminaron llamándose cerdos e hijos de puta, lo que da una idea de la riqueza enorme del idioma español, pese a que los cafres indepes quieran cargárselo.
Otro hombre que iba de pie aseguró que el viejo tenía razón  y ahí fue cuando la chica montó en cólera y acusó de racista al señor mayor. Los nervios se perdieron por los raíles y el viejo insistía en que la negra se subiera la mascarilla. Sí, ya sé que a estas alturas del artículo debería arder en Zocodover, como si de un auto de fe se tratara. La cuestión es que los viejos demonios ibéricos salieron por las costuras del vagón y concluyeron en los labios del abuelo diciendo que se colocara la mascarilla en el coño. De ahí al hijo de puta hubo un paso y poco después, se hablaba incluso de cerda. La chica era española o llevaba mucho tiempo aquí, porque enseguida entendió lo que significaba mentar a la madre. El árbol genealógico es lo más socorrido en Iberia cuando se talan el resto.
La mascarilla es un engorro, pero como dijo la niña que salía del cole, peor es morir bocabajo. España es el país que más medidas tiene contra la pandemia, pues todas ellas se han multiplicado por diecisiete. Y el que más tarda en poner las vacunas, pues todas ellas se han dividido entre diecisiete. Si uno acude a la estadística, comprueba que somos el país que más ha caído económicamente del mundo desarrollado, quedándonos a la par con los argentinos de Perón. Lo más asombroso de todo es que con semejante gestión, el ministro Illa sea el candidato socialista en Cataluña. Su nominación se la debe a Fernando Simón, que no le importó poner la jeta para, en su vanidad infinita, servir de paragolpes a un gobierno desnortado y dividido, aun haciendo el ridículo. Illa Mascarilla se graba ahora vídeos en el Ave igual que la negrita del Metro, pero nadie le dice nada por no taparse la boca. Al final, vamos a ser racistas de verdad.
La crispación está instalada en la sociedad porque a la clase política dominante le conviene. Cuando los ciudadanos nos demos cuenta de que somos el Tercer Estado del XVIII frente a una nobleza improductiva que vive de sus esfuerzos, las cosas cambiarán. Mientras tanto, me quedo con lo de la mascarilla en el coño, que igual es tendencia para el verano que viene. Tanto meterse con la Pedroche y resulta que va a ser visionaria.