La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Auténtico cacao

A través del cristal vimos a una abuelita sacada de la etiqueta de un bote de compota. Las carnes, la cara y el revoloteo de un gorrión, el pelo estirado en un moño y gafas a media altura de la nariz. La pared de fondo de ‘Maison Renardy 1912’ son baldas repletas de tarros de chapa de tres colores: el verde para el té, el amarillo para el café y el negro para el chocolate. Delante, un mostrador con tartas y otro con bombones, separados lo justo como para permitir que el gorrión y su empleada mulata puedan entrar y salir con los pedidos de las diez mesas redondas de tú y yo que se aprietan en un espacio de cuarenta metros cuadrados.
Una puerta cerrada con una tabla pintada encima (Thé-Café) da paso a la cocina de donde salen pocas cosas pero ricas y muy bien presentadas. La quiche del día, la ensalada del día, el bocadillo del día y la sopa del día. La carta es exigua, mi principal criterio, junto con los camiones aparcados frente al restaurante de carretera, para no equivocarme mucho a la hora de elegir un sitio donde comer. Como vamos recién almorzados, le dedicamos nuestra atención a los chocolates calientes de Ecuador, de Tanzania, de México, con purezas que suben hasta el amargor del 83%. Y nos los sirven con el cuidado de una recepción en casa del embajador, en bandeja de acero brillante, taza de cristal, cucharilla plateada, cuenco para los terrones de azúcar (que son blancos para agudizar el contraste cromático con el marrón del líquido), vaso de agua previsor y una trufa en su tulipa de papel rizado.
Todo es tan perfecto que creemos que no puede ser verdad, que los bombones industriales, el 1912 un año al azar, las tartas de congelador y el concepto en sí mismo una franquicia. Preguntamos al gorrión. El negocio fue fundado en Lieja por su abuela, la familia al completo trabaja en él, los bombones los está haciendo en ese momento su hijo detrás de la puerta cerrada, y el bigote que nos lamemos tiene el mejor de los cacaos y por eso vamos a ser felices el resto de la tarde. Ni siquiera el golpe a la hora de pagar es fuerte. Esta gente vende bienestar en medio de un páramo de plásticos, comidas falsas con etiqueta bio y bebidas gaseosas. Cuando caes en un sitio así no hay que dudar en sumergirse de lleno en él, e incluso pensar que algún día podríamos encontrar algo parecido cerca de casa, algo que ralentice la velocidad de la vida y nos quite la sensación de que alguien, en algún momento, cuando estábamos descuidados, nos robó el significado de lo auténtico.