En el Camino

Enrique Sánchez Lubián


Complacencia en la ignorancia

Desde que ‘Supervivientes’ llegó a España se ha convertido en uno de los productos televisivos más rentables para las cadenas que lo han emitido. En su edición actual, sus índices medios de audiencia se sitúan en torno a los tres millones y medio de espectadores. Es casi imposible zapear cualquier noche sin detenernos algunos minutos en las penalidades que estos mediáticos robinsones arrastran.
Hace unos días, cinco de esos concursantes fueron sometidos a unas sencillísimas preguntas de cultura general. Por cada respuesta acertada conseguirían una alita de pollo, un preciado botín con que aliviar su famélica convivencia. Entre otras cuestiones se les pidió que escribieran el nombre de los cinco continentes. No supieron citarlos correctamente, desbarrando con respuestas tan peregrinas como atlántico, oceánico o adriático. La mayoría de ellos tampoco supo decir que el sonido que emiten las ovejas se llama balar. El esperpento alcanzó su cenit cuando debían responder sobre quién pintó el Guernica. El desconocimiento fue casi general, habiendo concursantes que lo atribuyeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci o Van Gogh. Aunque pocas veces la ignorancia se ha retratado mejor en público, las disparatadas respuestas fueron acogidas en el programa con actitud jacarandosa, mientras sus protagonistas apenas se inmutaban por el ridículo.
De haber pasado semejante trance, a cualquiera de nosotros nos costaría superar el sonrojo. Cuanto ocurrió, evidencia una realidad sobre la que sociólogos, filósofos y pedagogos llevan tiempo advirtiéndonos: en ciertos grupos se ha perdido el pudor ante la incultura e incluso algunas personas sacan pecho por ello. Es triste que unos jóvenes, cuyo principal oficio conocido es deambular de plató en plató, nos sitúen ante la terrible realidad de quienes no perciben esta carencia cultural con mala conciencia, sino con indulgente complacencia porque, al fin y al cabo, ello les permite continuar viviendo del famoseo, arrinconando el deseo de saber y conocer como algo irrelevante y prescindible. Y mientras tanto, nosotros, regalándoles la vida. Porque no olvidemos que en cualquier programa televisivo quienes salen y participan en los mismos cobran del dinero que pagamos con el consumo diario de aquellas marcas comerciales anunciados en ellos. ¡Cuánta vergüenza y desolación!