LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Las veganas

Se han hecho tan famosas en diez días que no hace falta dar más explicaciones de quiénes son. Tienen nombre de grupo artístico o dúo musical, como si de Las Grecas se tratase. Han salido denunciando la violación en masa de las gallinas y sus campos de concentración a cuenta de los gallos heteropatriarcales, que es un adjetivo molón de nuevo cuño. Después otra se fue al río con una caña y dijo que los pescadores eran unos asesinos. Se llaman veganas y dicen alimentarse de las plantas. Qué culpa tienen ellas, las plantas, claro. Lo raro no es que haya petardas como estas; lo raro es que salgan en televisión, les abran la puerta y estén hasta en la sopa. España enferma gravemente cuando las heroínas son dos taradas de flequillo abertzale.
La tontería siempre viajó con billete exprés, pero nunca de la forma que ahora las redes lo permiten. Lo que me llama la atención de este simplismo es que la sociedad ya no respira, está inerme. Han claudicado todas las defensas que un cuerpo sano tiene para evitar la infección y enfermedad. No puede ser que se monten debates serios con estas tías en platós. Quién les ha dado carta de naturaleza para intervenir en una tertulia moral o científica. Dónde han estudiado estas tipas, si es que conocen o saben lo que es un libro. El problema no son ellas, somos el resto que las hemos sacado en procesión.
Tengo dicho ya en diferentes redacciones y ahora lo hago en voz alta que los periodistas debemos hacer examen de conciencia crítico y profundo. No se puede poner el micrófono o alcachofa al primero que pase por la calle. Es indecente con el lector u oyente, porque le pasamos la morralla sin destripar. Y el loco se crece al escuchar cómo sus tonterías retumban. El periodista o informador debe tener criterio. Locos, extraños, amorfos o extravagantes los ha habido toda la vida, pero nunca se los puso tan elevados para que fueran referentes de nada. La idiocia ha cubierto de sebo nuestro intelecto y deja un poso desolador que no encuentra remedio. Yo a las veganas las invitaba a una corrida de toros en Albacete.
    Y es que la tauromaquia ofrece muchos valores ciertos, redondos y acabados que lo que el veganismo este representa. Para empezar, existe un respeto que las dos chicas desconocen. Por no hablar del saber estar, el escalafón o la jerarquía. La ignorancia es muy atrevida y ha prendido como la pólvora. Los taurinos nos hemos dejado comer la tostada. Los primeros, toreros y apoderados. Después, el resto, la afición. Pero es hora de defender el concepto más hondo que de cultura existe, en tanto que lo que la tauromaquia propicia es el enfrentamiento eterno entre la vida y la muerte, la delgada línea que lo separa, igual que el éxito del fracaso, el sometimiento de la fuerza bruta a la inteligencia basado en un canon artístico. Los toros son una manifestación cultural a la altura de la ópera. La supera, incluso, ya que en el ruedo hay un hombre que se juega la vida. No hay otro espectáculo tan redondo, soberbio y acabado, que acumule tanto poso cultural en sus venas y que provoque tanta emoción. Y es que los toros son la verdad misma y esencial de la vida.
Una sociedad que personifica al animal está condenada a animalizar o cosificar a la persona. La dictadura está aquí y no la hemos visto. Orwell se quedó corto en la rebelión de la granja. Los animales están al servicio del hombre y no viceversa. Las veganas lo que tienen que hacer es un estudio serio y riguroso sobre qué fue primero, el huevo o la gallina. En su caso, la estulticia.