Macondo

María Ángeles Santos


Pleonexia

En plena semana de vuelta al cole, con miles de familias haciendo cuentas para llegar al uniforme, el material, escolar, los libros o el chándal, nos enteramos de que el número de superricos se eleva un 150% desde que arrancó la crisis. España tiene 579 personas que declaran un patrimonio de más de 30 millones de euros (y eso, sin contar a los que no declaran, o tienen su dinerito a buen recaudo en uno de los muchos paraísos fiscales). Y además, son datos oficiales,  sólo 200 de 600 de las grandes fortunas españolas pagan el impuesto de patrimonio. Que ya sabéis que Hacienda somos todos…
La noticia la aderezan con el fantasma de una nueva crisis, con datos estremecedores de lo que han subido los salarios en relación con los precios y los beneficios empresariales, y esas cosas que nos cuentan de cuando en cuando y que, desgraciadamente, no son nuevas porque es de cajón que para que unos tengan más, otros, indefectiblemente, debemos tener menos. Y aquí entra lo de trabajadores pobres, precariado, trabajos basura, becarios eternos o contratos por horas o por ratos.
Digo que n o es nuevo porque ya Platón, hace casi 2.500 años definió la pleonexia, algo así como el apetito insaciable de cosas de carácter material. Dinero, mansiones, coches, yates… Vamos, que pleonéxico, o como se diga,  es aquel que nunca  tiene bastante y se agarra a cualquier cosa para seguir aumentando sus bienes. Crisis, miedos, reformas laborales y demás, les vienen muy bien.
El caso es que esta ‘enfermedad’, diagnosticada hace dos siglos y medio, y sin llegar a ser epidemia, ha florecido con la crisis. Nos hemos puesto todos como locos a cuidar a los ‘enfermos’, tragando con sueldos de miseria, porque el paro es peor, convirtiéndonos en falsos autónomos, para que ellos no tengan que pagar seguridad social ni financiar nuestras bajas o vacaciones, multiplicando las horas extras sin pagar y compartiendo piso, que no nos llega para el alquiler.
Ya veis. En tiempos de Platón, el pleonéxico era un enfermo, sin altura moral, obsesionado con tener más que nadie y siempre insatisfecho, porque todo le parecía poco. Ahora, los llamamos gigantes empresariales, hombres de éxito, superricos. Los envidiamos porque no tienen que hacer cuentas para llegar a fin de mes, porque no les supone un problema la vuelta al cole, ni un drama tener que cambiar la lavadora.
He leído por alguna parte que, durante la crisis, los gestores de las grandes firmas de capital de riesgo y de fondos especulativos ganaron cada diez minutos, el equivalente a la paga media anual de un trabajador. Y así seguimos, allí y aquí. Con nuestros millonarios de andar por casa.
Deberíamos llamarlo engaño, robo o codicia. Eso es la pleonexia en nuestro siglo.