Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Los tejados de l’Opéra Bastille

Muchas son las características peculiares que diferencian los paisajes urbanos de los del medio rural. Además, con el paso de los años, la evolución demográfica ha llegado a concentrar a la mayor parte de la población en las ciudades, alejándola del campo. Poco a poco, se han ido distanciando tanto las culturas urbana y rural que ni se reconocen, por lo que para su entendimiento se precisa, sobre todo si se trata de agricultura o ganadería, de quien descifre e interprete.
Sin embargo, es verdad que de un tiempo a esta parte van surgiendo muchas iniciativas que tratan de reconectar el mundo rural agrario con el urbano y viceversa. Se percibe mayor interés desde la ciencia, la literatura, los movimientos neorurales, los partidos políticos o las políticas públicas. Los grupos en las redes sociales intercambian experiencias sobre como tener un huerto en el alfeizar de la cocina, producir leche en una granja virtual y hasta puedes encontrar juguetes y regalos que te garantizan que podrás, con las instrucciones, macetitas y semillas que incorporan, producir tus propias y sanas ensaladas. Supongo que será porque, también poco a poco, nos vamos dando cuenta de que no es muy práctico ni beneficioso que se desatienda un medio del que se depende.
Una de las iniciativas más ambiciosas que yo conozco es la de la ciudad de París, aunque haya alguna también interesante en nuestro país. Desde el año 2014, el gobierno municipal trabaja en el programa Parisculteurs que tiene como fin ocupar más de 30 hectáreas de terreno urbano, cultivando y criando animales ecológicos en distintos lugares de la ciudad. Fomenta que los vecinos cultiven o pongan colmenares y gallineros en los techos, tejados y terrazas de los edificios, en los aparcamientos, en los jardines, arriates y parterres. Tarea agraria a la que se suman los espacios de los edificios y  parques públicos. Con ello se pretende, con fines educativos para la población, que la ciudad produzca alimentos saludables y de temporada, contribuyendo a mitigar los efectos del cambio climático puesto que también se reduce la emisión de gases invernadero y la pérdida de biodiversidad.
Pese al natural entusiasmo por el proyecto, he leído algunos resultados poco alentadores. La huerta de 2500 metros cuadrados de los tejados de l’Opera Bastille, con vistas a la Torre Eiffel y a Montmartre, tiene dificultades  para  encontrar un modelo productivo rentable, aunque vende su producción a los restaurantes cercanos. Por el momento, su sostenibilidad social y ambiental está reñida con su rentabilidad. Los gestores reconocen que su cultivo requiere mucho trabajo y disponer de demasiados conocimientos especializados. También se han encontrado con algunos imprevistos, los pájaros y las enfermedades, que han mermado la cosecha y aumentado los costes, por lo que estudian cambiar el huerto por plantas aromáticas.
Creo que algo así no le habría pasado a los profesionales del medio rural. No es por alabar a los agricultores y ganaderos pero me parecen voces más autorizadas por su experiencia y por su conocimiento experto en tiempos de redes sobrevaloradas carentes en muchos casos de la rigurosidad que este asunto merece.



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