LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Jesús, el consejero

17/12/2020

Tiene pinta de médico desde que lo ves de arriba abajo, tan largo y con sombrero, como me lo encontré yo un día en Córdoba. Luego me enteré que su esposa era de allí y me cuadraron las piezas. Lleva cinco años al frente de la Consejería de Sanidad, la que más gasta e invierte en Castilla-La Mancha. Sus gafas son de pasta dura, negras, que se habrán ahumado muchas mañanas entre el llanto, la sofocación y la tristeza. Le ha tocado gestionar una pandemia en una región donde se nos han muerto como del rayo, miles de personas sin sentirlo, sin ruido, como hacemos las cosas aquí en La Mancha, que hasta para morirnos lo hacemos en silencio, sin estridencias. La muerte está tan presente que sacamos las sillas de enea en el pueblo para hacerle compañía. La pandemia ni siquiera lo ha permitido. Como hubiese dicho Bernarda Alba, las lágrimas para cuando estés sola. No ha habido llanto ni alaridos, ni pompas ni plañideras. La muerte venía, se marchaba y otra mañana de plomo en la llanura.
Jesús Fernández Sanz ha gestionado la pandemia como ha podido, entre los volantazos de Simón y sus conocimientos médicos. Se le nota la medicina enteramente. El otro día en la rueda de prensa del decreto parecía un médico de los que sale a la puerta de la UCI a decir que tu padre se muere y no hay remedio. Los médicos se ponen en lo peor y ya si la ciencia trabaja y hace su efecto, eso que te encuentras por el camino. Aquí sucede lo mismo. Sanz se ha dado cuenta de que no debe decirse que la región se abre; se permite, si acaso, el desplazamiento para ver familiares y allegados. Lo pinta todo muy negro, pero tiene razones para ello. La experiencia lo avala y no puede decirse que nos pilla por sorpresa. Lo hecho con las residencias, me parece inteligentísimo. Si las familias quieren ver a los abuelos, que se los lleven a casa con condiciones. PCR de vuelta y una semana de aislamiento. La pandemia ha desnudado por completo nuestra forma de vida y ha dejado tal retrato que nos avergüenza mirarnos al espejo. Después de esto, quién podrá decir qué es lo más importante, por qué no puede atenderse los mayores, qué clase de vida hemos hecho que orillamos a quienes levantaron esto. Nuestros hijos toman nota tras sus ojos, guardan, callan y mañana nos llevarán al trastero. Eso, o lo cambiamos nosotros ahora con el ejemplo.
Nadie está preparado para una pandemia y menos como esta, un siglo después de la última, cuando pensábamos que el hombre era dueño y señor del universo. Ha sido una cura de humildad para todos, de la que dudo que extraigamos la lección. Ha venido la hora de la verdad y ha puesto en evidencia que existe un virus mucho peor que la Covid, que es el de la intolerancia y el hedonismo. En mitad de la tormenta, Fernández Sanz ha sido quien ha sostenido el timón de un barco que no todas las mañanas tenía seguro llegar a puerto. García-Page dice de él que es un crack y se nota el agradecimiento en sus palabras. La primavera fue terrible en Fuensalida y nadie quiere que la Navidad repita nada de lo vivido. Por eso, Sanz se pone las gafas, se sube la mascarilla y habla como en un quirófano. Es su papel. Echa la bronca hasta por los test antígenos, sin que tampoco sea justo del todo. La economía agradece los test; no solo la conciencia, que también. Pero el consejero cumple su función de advertencia, de abuelito, de padre que conoce la vida y se lo dice al hijo. Siempre mejor por exceso que por defecto. Si supera la prueba, se aburrirá en las mesas de la función pública. A ver ahora qué le dicen los sindicatos. En cualquier caso, piensa como médico y actúa como médico. Mucha prudencia a tod@s.