RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Inmigrantes con Iphone

27/11/2020

Al parecer causa estupor, incluso indignación, que los inmigrantes que desembarcan en Canarias vengan vestidos con ropa occidental y saquen del bolsillo un teléfono móvil. Es un hecho que dice más de quien se escandaliza que del objeto del escándalo. ¿Sería más digerible el problema si viniesen desnudos, o con turbante y un ábaco tallado en madera de baobab?
Cualquier persona que haya mostrado el más mínimo interés por el mundo que le rodea, cualquiera que, en definitiva, tenga un teléfono y vaya vestido por la calle, se debería haber dado cuenta a estas alturas de que la mayoría de los jóvenes africanos de las grandes ciudades suelen ir vestidos, y no precisamente como en ‘Lawrence de Arabia’, ni siquiera como en ‘Los Dioses están locos’, sino con los patrones de la moda occidental en la que aspiran a sumergirse. Tampoco hace falta irse a Agadir o Dakar, ni siquiera fijarse en las fotografías que llegan de Agadir y Dakar. Es suficiente darse un paseo por cualquier ciudad europea con los ojos medio abiertos.
Sucede que casi nunca emigran los más pobres, sino los que tienen algo de dinero ahorrado para intentarlo. Gente que comete la arrogancia de vestirse y que incluso cuenta con algunos ahorros. Lo hacen incluso cuando son refugiados sirios a quienes acaban de bombardear la casa y han abandonado el país con una mochila. Lo primero que meten es su teléfono móvil, como supongo que haría yo si me ocurriese algo parecido.
Es más: apenas llega nadie de los países más subdesarrollados, donde la población es demasiado pobre para intentarlo. Emigra el que puede permitírselo, aquel a quien le ha picado el bicho de las expectativas . Casi nunca el pastor de cabras del desierto, que no tiene opciones, ni probablemente interés de dejar su vida para pasarse las tardes vagabundeando por las calles de Niza o Barcelona con una gorra, un teléfono y la camiseta de Cristiano Ronaldo.
El que arriesga la vida en el mar suele hacerlo con el mismo móvil por cuya pantalla lleva algún tiempo asomándose al mundo y desde el que, a menudo, cultiva algún contacto con Europa: con un primo viviendo en Oslo, con el tío de un amigo que se instaló en Bruselas o con unos mochileros de Murcia a los que conoció buscándose la vida en las calles de Fez y con los que se llegó a fumar unos canutos en la puerta de un hotel de tres estrellas. Hay muchos motivos por los que debería preocuparnos la inmigración, pero las camisetas, ya sean de marca auténtica o Nike falsas de mercadillo, no debería estar entre ellos.