En el Camino

Enrique Sánchez Lubián


Jabalíes

Suele utilizarse la expresión “jabalí” para catalogar a aquellos diputados broncos, camorristas, marrulleros y dados a trufar sus intervenciones con improperios que van más allá de las buenas maneras y la cortesía en el debate público. Tal calificación tiene su origen en el primer discurso pronunciado por Ortega y Gasset en el Congreso, junio de 1931, quien debatiendo sobre cómo debería ser la política republicana pedía a sus señorías que no se dejasen llevar por divagaciones, frivolidades, estultos vocingleos o violencias en el lenguaje, “porque –dijo- hay tres cosas que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, no el tenor, ni el jabalí”. Desde ese día, el término quedó asociado a un grupo de diputados de extrema izquierda y federalistas que hicieron de la demagogia antigubernamental su seña de identidad durante aquellas Cortes Constituyentes. En tiempos recientes, personajes como Martínez Pujalte, Rafael Hernando o el histriónico (hasta su intervención en la pasada sesión de investidura) Gabriel Rufián han cumplido los patrones de tan cuestionable gamberreo. 
A la espera de ver si Pedro Sánchez puede llegar a formar Gobierno y de si las Cortes impulsan su actividad o decaen, este verano algunos de los nuevos diputados elegidos el 28-A están prodigándose en mostrar públicamente sus credenciales para ingresar en este pendenciero club parlamentario. Ahí están, por ejemplo, las constantes polémicas generadas por Cayetana Álvarez de Toledo o Marcos de Quinto. Rara es la semana en que no han contribuido a la pelotera estival con sus comentarios en redes sociales, declaraciones públicas o descalificaciones a rivales políticos. 
La discrepancia es buena. Contribuye a conformar la opinión pública, contrasta pareceres, ahorma propuestas, apoya a encontrar puntos de encuentro y nos hace reflexionar sobre aquello que considerábamos inamovible. Con el diálogo razonado y bien argumentado se avanza. Sin embargo, visto y oído cómo se pronuncian los antes citados, sus palabras, que suelen rezumar trasnochado clasismo y soberbio desdén, parecen ser dichas más para ofender que para disentir. Y aunque eso ponga a sus “hooligans”, ni hace bien a nuestra convivencia, ni ayuda a superar la desafección ciudadana hacia la política y los políticos, ni despeja la veladura radical con que sus formaciones van tiznándose.