En el Camino

Enrique Sánchez Lubián


Si son falsas, no son noticias

Cada año la Asociación de la Prensa de Madrid publica un informe sobre nuestra profesión. Además de analizar la realidad laboral, retributiva, formativa o valoración social de cuantos nos dedicamos a este oficio, el estudio muestra escenarios que no deberían dejarnos indiferentes. Los propios periodistas consideramos que el 81% de la población tiene una imagen negativa nuestra, contribuyendo a ello el amarillismo, la proliferación de la información espectáculo, así como la falta de rigor y calidad. También nos preocupa la elevada desinformación que percibimos en la sociedad, apuntando al ámbito de la política y a la influencia que en las redes sociales tienen determinados personajes como responsables de ello. En la presentación del estudio se defendió la necesidad de desterrar el término ‘fake news’, porque ‘si son falsas, no son noticias’, dijo Juan Caño, presidente de la Asociación.
El uso de la mentira para confundir a la sociedad, crear falsas expectativas, conseguir beneficios ilícitos, desprestigiar a los rivales o imponer ideas es tan antiguo como la Humanidad. Quienes militan en ello precisan de crédulos dispuestos a escucharles, propagar y amplificar sus embustes. El desarrollo de las redes les ha dado una poderosa herramienta que está contaminando nuestras relaciones y, como ha aprovechado la ultraderecha con eso del ‘pin parental’, marcando el debate político y social. Dado que el primer mandamiento del periodista es la búsqueda de la verdad, nosotros deberíamos ser dique de contención para que las falsedades no fueran más allá de quien las crea, avergonzándoles por tan dañinas patrañas. Pero no siempre es así.
Jamás había sido tan fácil acceder a información Ello debería ser ventajoso para el desarrollo personal y de la comunidad. Sin embargo somos más vulnerables que nunca a las falsedades. Para neutralizar la mentira se requieren esfuerzos por discernir entre quién dice verdad y quién no, siendo intolerantes con cuantos esas malas artes cultivan y no divulgando, ni jaleando, sus invenciones. Ninguno de cuantos opinamos en tribunas públicas somos asépticos ni virginales. Esto enriquece la pluralidad y el debate, pero mentir interesadamente, deformando la realidad para hurtar el democrático derecho de todos a conocer la verdad, es intolerable. Y en todas partes cuecen habas.