La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Vida

17/11/2020

Oí por ahí que si eres de los que un día decide que va a cenar solamente un yogur tu cerebro interpreta que te quieres morir. Lo mismo pareció sucederle al mío cuando vio que había amanecido un sábado de lluvia y de vacío. Mi cuerpo se levantó más tarde de lo acostumbrado, anquilosado por el abrazo constrictor del colchón, y se arrastró hasta el balcón de la calle para reparar en los charcos crepitantes y el silencio del gris, el termómetro indeciso, los dos bares clausurados de las esquinas, las monjas de enfrente también clausuradas. Del balcón al retrete, del retrete al sofá; televisión repetida con vídeos de risa y pena, vuelta a la cama. La vida hueca se pasa mejor en sueños. Lo malo de este sistema es que me despierto con los efectos de una resaca a la que le faltó la parte divertida del alcohol. Sigo en pijama mientras desayuno y casi hasta la hora de la comida. Las ganas de cocinar me abandonaron la semana anterior y de eso se beneficia VIPS, que trae a casa sándwiches mortecinos que han adoptado parte del sabor de la caja de cartón. Mi cuerpo sufre por el maltrato y se echa una siesta, como si quisiera acelerar el momento de su muerte.
Entonces decido contraatacar, firmar la paz entre cuerpo y mente, decirles a ambos que, a fin de cuentas, es fin de semana y en la mesilla tengo dos libros minúsculos por empezar. El primero es ‘Tiempos muertos’, de Roger Wolfe, un inglés español hipocondríaco que tiene una vida tan mísera que siento que la mía es el colmo de la dicha. Wolfe escribe directo, sin vergüenza, como sólo puede hacerlo un hombre que no le teme a la vida, ni tiene jefes, ni casi amistades que mantener. Con dos horas de libro y un antiácido se me fueron las náuseas de sábado y sándwich.
No tenía por qué quedarme ahí. Eché mano del segundo libro. ‘Cuaderno de godo’, de Ignacio Aldecoa. Apenas un folleto escrito a modo de cuaderno de apuntes durante un viaje de pocas semanas a las Canarias e ilustrado por ese otro hipocondríaco que se llamaba Chumy Chúmez. Con Aldecoa me sentí revivir, con un objetivo en el horizonte (muchos): embarcarme a vela para acometer la singladura de las siete islas y los seis islotes; abrirme las manos con las redes de pescar viejas, abades y sargos; explorar los desiertos de lava agria en el lomo bamboleante de un camello; meterme los dedos en la boca y silbar a los gomeros de que he llegado, antes de seguir el consejo final: «Morir, morir, lo que se dice morir, muy de tarde en tarde se debe morir en La Graciosa».