EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Los desastres de la guerra

17/11/2020

Abordo este tema porque nunca pierde actualidad ya que en este momento hay millones de hombres que están enfrentados por cualquier causa, pues se lucha por el territorio, la riqueza, el poder y hasta por el paraíso. Esta realidad debe responder a la genética de la especie, participante de la lucha por la supervivencia que reina en la naturaleza donde la alternativa es matar o morir. Somos la estirpe afortunada de quien mató a su rival, somos hijos de Caín.
Aunque ontológicamente sea bueno, no creo que el hombre nazca virgen y sea la sociedad quien lo malea, sino que trae instintos agresivos para sobrevivir en la lucha por la vida y es la cultura la que le lleva a los pactos de convivencia. Kant llama ‘sociabilidad insociable’ a la tensión que experimenta el hombre entre la rebeldía original y la necesidad de entrar en sociedad. Hay una frase cínica del filósofo que lo expresa: «El ser humano quiere concordia, pero la Naturaleza sabe mejor qué es bueno para su especie, y quiere discordia».
Será Freud quien exponga la tensión entre los instintos destructores (tánatos) y los vivificantes (eros) y cómo la cultura es capaz de moderar los negativos y, en una interesante correspondencia con Einstein, habla de una evicción progresiva de los fines instintivos, unida a una limitación de las reacciones impulsivas. En consecuencia: «todo lo que trabaja en favor del desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra». A mi modo de ver, el fundamento de la civilización y la convivencia es el principio moral de la identificación que es la base de la reciprocidad como conducta. Se encierra en la fórmula: trata al otro como quieres tú ser tratado.
La guerra ha tenido sus valedores desde la antigüedad, pues responde a un instinto natural. Para los ciudadanos de Grecia y Roma los dioses de la guerra regían el mundo y causaban la renovación. La guerra era la fuente del nuevo orden y la legalidad, porque el triunfo es la prueba de tener razón. Para Herodoto, «la guerra es el padre de todas las cosas» y la enaltecieron las filosofías de entreguerras de Nietzsche, Jünger y Max Scheler. Incluso Unamuno escribió: «La guerra ha sido siempre el más completo factor de progreso, más aún que el comercio». Porque las conquistas romanas aportaron a los países mediterráneos la valiosa Pax Romana y el psicoanálisis dice que el empleo de esas fuerzas instintivas alivia al ser vivo y debe tener consecuencias benéficas. Yo creo que Freud hace aquí un esfuerzo para sacar virtud de la necesidad ante la inevitable y terrible realidad que son las guerras.
De las muchas reflexiones sobre los desastres de la guerra, la más inmediata la provoca contemplar la barbarie de matarse seres semejantes que ni se conocen ni se odian. Las madres lloran por la muerte súbita de quien tanto amor, esfuerzo y tiempo se lleva consigo. El 17 de julio de 1944 Moscú fue el escenario de la operación Gran Vals, una marcha de decenas de miles de prisioneros de guerra alemanes por las calles de la ciudad. La población rusa les trató con respeto y una mujer que presenciaba el desfile gritó esta frase compasiva que resume con una gota de emoción el horror y la insensatez de las guerras: «¡son como nuestros hijos!».