Política y Humanismo

Fernando Díez Moreno


La persona del siglo XXI (I)

16/11/2020

Hemos venido reiterando en estas colaboraciones que lo que caracteriza al humanismo cristiano, y le diferencia de los demás humanismos, es la creencia de que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y es, por tanto, un ser  trascendente. Así se reconoce en el Antiguo y en el Nuevo Testamento en diferentes pasajes, y así también lo reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) en los puntos 355 a 384 y 1700 a 1715.
No se trata de una cuestión teológica o filosófica. De que se crea o no se crea tal afirmación se deduce la posición que se tome en temas tan de actualidad como el aborto, la eutanasia, la libertad de enseñanza, los derechos humanos, entre otros muchos.
Pero ¿en qué consiste ser imagen de Dios? Las respuestas que se han dado en la historia del pensamiento son muy variadas. No es la imagen física o corporal. Tampoco es el dominio concedido al hombre («dominad la tierra»). Entonces ¿qué es ser imagen de Dios? Entre todas las respuestas nos decantamos por la dignidad. El hombre es imagen de Dios, porque entre todos los seres creados ha sido dotado de una especial dignidad.
Pero no hemos resuelto el problema, porque ¿qué es la dignidad?  Aquí también las respuesta son muy numerosas: para Sócrates y Platón, solo la clase de los guerreros tenía dignidad; para Cicerón, es la capacidad de razonar; para el Papa Inocencio III, es la esperanza de la vida eterna; para B. Faccio (siglo XV), es la posesión de un alma inmortal; para G. Manetti (siglo XV), es la aspiración a la felicidad y plenitud; para Pico de la Mirandola es la libertad de hacerse a uno mismo; para Javier Gomá es la cualidad que posee todo hombre por el hecho de serlo y que ha sido adquirida sin mérito, y convierte al resto de la humanidad en deudora y al portador en acreedor al respeto de esa dignidad.
Para mí, la dignidad del hombre se encuentra en su libertad y en los derechos naturales (ahora llamados humanos o fundamentales). Sin libertad no pueden ejercerse los derechos naturales. Y estos solo pueden existir en un clima de libertad.
Ya tenemos a la persona definida como creada a imagen de Dios, dotada de una especial dignidad, y titular de la libertad y de los derechos naturales.
Y ahora la cuestión que planteamos es si en el siglo XXI la persona responde al paradigma o a la imagen que hemos dejado reflejado en los apartados anteriores. Dicho de otra manera, si la persona que dispone de automóviles para desplazarse, de TV que le permite asistir a acontecimientos que tienen lugar en el otro lado del mundo, de ordenadores personales con los que accede a internet y a toda la información enciclopédica, que posee teléfonos móviles y tabletas con los que, entre otras funciones, se conecta con las redes sociales, que tiene a su alcance muchos medios de comunicación instantáneos sobre lo que ocurre en cualquier parte del mundo y que no puede prescindir de todo ello porque, en muchos casos, ha creado una adicción, si esta persona con estos medios sigue siendo la ‘persona-eje’ del humanismo cristiano tal como la hemos definido.
Debemos, antes que nada, acotar el problema. Es cierto que vivimos un proceso acelerado de globalización en el que se difunden tales tipos de instrumentos. Pero por mucho que hablemos de ello, los ámbitos de la globalización son todavía reducidos: las operaciones financieras, el comercio internacional, las comunicaciones, los viajes, etc. Pero, ¿a cuantas personas afectan esos ámbitos de la globalización? Si somos más de siete mil millones de habitantes en el mundo ¿a cuántos miles de millones afecta la globalización así entendida  y  a cuantos miles no afecta? Además, es cierto que hay muchos millones de personas que utilizan ordenadores personales, tienen acceso a internet y utilizan teléfonos móviles, pero ¿cuántos millones de personas no lo tienen?
Podríamos afirmar como conclusión provisional que todos los dispositivos de la moderna tecnología que nos hacen dudar de si las personas siguen respondiendo al paradigma tradicional, afectan a una minoría de personas si nos fijamos en la población total del mundo. Pero igualmente es cierto que las personas que sí disponen de aquellos dispositivos pertenecen a los países desarrollados económicamente, por lo que debemos seguir avanzando en nuestra indagación para encontrar respuestas a las dudas planteadas, analizando las ventajas y los inconvenientes, lo que haremos en la próxima colaboración.