NUEVO SURCO

Javier López


Con totalitarios, no

Muy pocas personas tienen alguna duda del papel clave del PSOE en esa historia de España que comenzamos a escribir en 1978. Aquel PSOE, que prácticamente no había existido en el exilio y se reinventó de la mano de un joven Felipe González, fue un pieza clave para integrar a la izquierda en la democracia naciente porque fue capaz, a diferencia del PCE,- que sí que tuvo más presencia y más actividad en el exilio-, de ganar elecciones, de la única manera que se puede conseguir: conectando con amplias capas de la sociedad española. Así llegó la arrolladora y amplísima victoria de 1982. El PSOE tuvo muy claro en ese momento que había que huir del sectarismo, que había que dejar que ciertas heridas curaran sin estar continuamente tocándolas, supo, en fin, que había que guardar una prudente distancia con la historia reciente sin favorecer relatos excesivamente parciales de lo que había ocurrido en nuestro duro siglo XX, tan lleno de dolor y sufrimiento mirándolo por cualquiera de los dos ojos. Ocurría que aquella era una izquierda que tenía mucho que hacer, con dos objetivos básicos: consolidar y universalizar un Estado del Bienestar, e integrar a España en la UE. Dos misiones lo suficientemente ambiciosas como para estar enredando en cuitas del pasado. Por otro lado, las mayorías absolutas aplastantes permitían gobernar con comodidad, sin hipotecas con los independentistas, aunque lo cierto es que en aquella época ellos ya estaban sembrando lo que después nos ha estallado a todos en la cara. Y mientras tanto, en Madrid se miraba para otro lado, sin preocuparse nunca todo lo suficiente los gobiernos de la nación de integrar a Cataluña en el Estado.
Al final, el independentismo es el auténtico cáncer de nuestro sistema democrático. Cuando Pedro Sánchez nos vende ahora su ‘gobierno progresista’, en coalición con Podemos, oculta sensaciones profundas que ni él mismo ha disimulado durante estos meses: La primera es que el Podemos de Pablo Iglesias, lejos de representar una izquierda moderna y alternativa,  más atrevida que el PSOE en ciertos planteamientos, es la última ramificación del vetusto y rancio tronco comunista del que el propio Sánchez ha dicho alguna vez sentirse muy alejado «desde su tradición socialista». La segunda: que para llevar a buen término ese gobierno de coalición se necesita el concurso de grupos independentistas, especialmente ERC, un partido implicado en el  mayor intento de resquebrajar por completo las estructuras de nuestro Estado. No, no es lo mismo haber pactado unos presupuestos con ERC en un ayuntamiento catalán, o unas políticas sociales con Podemos en una comunidad autónoma, que hacerlo en el gobierno de la nación en un momento de encrucijada como el actual.
Lo más penoso, además, es que tanto Podemos como ERC  beben de visiones  con una raigambre totalitaria, excluyentes con el discrepante, siempre con esa pretensión de que hay una verdad que ellos comprenden y que el resto del mundo  que no va por ese carril es porque tiene algún problema o no está suficientemente preparado para recibir la «sagrada revelación». Al contrario, lo que necesita en este momento un país que se precie, y un sistema político que se aprecie, es hacer ver a los españoles, sumidos en la incertidumbre y en el desasosiego, un nuevo pacto de concordia entre partes discrepantes pero coincidentes en el deseo de mantener a flote la democracia. Y después,- solamente después-, de poner sobre la mesa ese gran acuerdo nacional, y llevarlo a cabo con las reformas pertinentes, volver a repartir la baraja.
Sobran ahora las visiones excluyentes, las conexiones directas con 1936, la política entendida en términos de trincheras sin comunicación posible. Necesitamos ver que somos capaces de nuevo de crear un gran espacio para todos.  Muchos esperan que el PSOE hable, ese PSOE con sentido del Estado, que siempre tendrá en su seno un aliento de profundo amor a España desde concepciones muy distintas a las del PP. Dos partidos con muchas frutas podridas en su mochila (estremece ahora la sentencia del caso ERE en Andalucía) pero los únicos que a día de hoy pueden brindarnos un relato coherente sobre los últimos años, desprovisto de gérmenes totalitarios.
Más: entiendo lo poco estético que puede resultar apostar así por el viejo bipartidismo al tiempo que se conoce la sentencia de los ERE. Lo hago por ausencia total de otros horizontes, dada la infertilidad de la llamada nueva política, tan viejuna.