NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


La decisión final

23/10/2020

No ha tenido que ser una decisión nada fácil, pero era la necesaria. Por el bien del país digo, luego ya cada uno en su casa que despotrique lo que quiera. Pero el hecho de que el PP le haya dicho «no» a la moción de censura planteada por Santiago Abascal al Gobierno en el Congreso es algo más que definir un posicionamiento meramente político.
Al margen de que sea o no oportuna, cuente con los votos necesarios para sacarla adelante o no, lo del patriotismo, la Corona, la Salvación, o la madre que..., ha quedado patente que esta moción o maniobra electoral no iba contra ese ejecutivo nacionalcomunista, revolucionario, bolivariano, extremista, marxista, leninista, chavista, madurista o no sé cuántas cosas más que se le ha llamado. Santiago Abascal buscaba otra cosa. La foto. La noticia. El titular, claro. Pero por otro lado buscaba el posicionamiento de un PP que en los últimos meses, embriagado por, a su juicio, la mala gestión de la pandemia, quería erosionar los cimientos de un gobierno al que nunca consideró legítimo. Le quería poner contra las cuerdas. Que se decidiera entre un gobierno aberrante o ellos que, al fin y al cabo, forman parte de su propia familia política. Por eso no era una decisión nada fácil.
Pero después del titubeo que ha tenido en vilo a los propios diputados del PP durante varios días, que no sabían si votar que sí, que no, abstención, o directamente no presentarse en el Congreso, Pablo Casado ha optado por la decisión seguro que más dolorosa, pero también la más sensata. La necesaria. Y es romper definitivamente con una deriva con la que solo había conseguido dividir al partido, y a sus votantes. La de romper con Vox. Poner la suficiente distancia de por medio para que, aún que está a tiempo, no le confundan con lo que no es, o nunca quiso ser.
La puesta en escena, en público, ante las cámaras, en el Congreso, pronunciando ese «no» a Vox, ha supuesto todo un fratricidio. Abascal quería ver en Casado a un hermano. Y Casado le repudió. Le tildó de enemigo. Un movimiento que reduce los efectos, ya de por sí escasos, de esta moción y que le coloca, como abanderó desde la tribuna, en la posición de la moderación, en la del acuerdo, la del centro. Se colocó entre los dos hombres que se lían a garrotazos en las escenas de Goya.
Es en los próximos días –porque no olvidemos que esto ha sido como un anuncio de bombones de Navidad en mitad de una peli somnolienta–, en los que tendrá que demostrar que, de verdad, es capaz de estar ahí en medio, con toda la carga y responsabilidad que eso conlleva. Ayer dio una prórroga a una democracia a la que, a pesar de todos los llamamientos a la concordia de organizaciones e instituciones de toda índole, se la daba por agotada, con tanto enfrentamiento interesado en plena pandemia, cuando el único interés debería ser superar la crisis.