La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Enmascarados

16/06/2020

El primer día que volví al Jacaranda tras el confinamiento lo hice enmascarado. Por el camino me iba retocando la mascarilla: un pellizco en el puente de la nariz, un estiramiento hacia la papada, un desenredo de la patilla derecha de las gafas. Me he llenado de tics. No estoy acostumbrado a respirar mi propio aliento tibio, con cada inhalación se me empaña el tercio inferior de los cristales. La mascarilla me hace valorar cada respiración sin tejido de por medio, cuando el aire es más fresco, más liviano, está rico. Después de años tachando de bichos raros a los orientales que se paseaban embozados por la calle, después de mirarlos de arriba abajo y pensar que no se fiaban de nuestra atmósfera, resulta que lo único que hacían era adelantarse a nuestro tiempo y cuidar nuestra salud. -Hola, Ramón -dije al llegar-. ¿Quién es el último para atracar el bar?
Me incomodan las mascarillas, pero como no hay forma de librarse de ellas he decidido buscarles el lado bueno. La gente en general, por ejemplo, parece más interesante. Aparentamos ser más guapos, especialmente si nos ponemos una gorra y gafas oscuras. Es como si todos nos hubiésemos dejado la barba. El misterio recorre la ciudad como en un carnaval muy largo, y ya tenemos la excusa perfecta para ejercer nuestra toledanidad y no saludar a los transeúntes. Dicen que tenemos que aprender a sonreír con los ojos, pero al ensayar ante el espejo me doy miedo. Algunas mentes despiertas han inventado mascarillas con la foto de una boca abierta, o les han cosido luces que dibujan sonrisas, tristezas y mutismos a voluntad del portador. Eso también da miedo.
Hay presumidos que se han hecho con telas a juego con sus vestidos, y los hay que muestran el cráneo y las tibias cruzadas de las banderas piratas, o un estampado de bicicletas o de hojas tropicales. He estado pensando en dejarme caer en la tentación y convertir mi mascarilla en un tablón de anuncios. La bandera de Europa estaría bien, con su corona de estrellas amarillas a modo de gran bostezo, pero no quiero ser cansino. Un trapo naranja para reivindicar lo que conté en mi columna de la semana pasada sería muy apropiado, pero aquí lo naranja, como casi todos los colores, está asociado a un grupo político. Han prosperado las que tienen la bandera de España más o menos grande, pero a mí me parece una reiteración absurda lucir una bandera del país en el que estás. Es como si yo pusiera ‘Bienvenido’ en la mía. Al final, después de mucho pensar, creo que voy a seguir con las mascarillas quirúrgicas baratas. No quiero transformar un escudo sanitario en un ariete ideológico.