LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


El cierre de los bares

12/11/2020

El cierre de los bares es como un apocalipsis invertido, las trompetas de Jericó afónicas, el Valle de Josafat venido a deshora. Esto debía ser el fin del mundo y no nos lo advirtieron. Sabina, siempre fino, decía en sus Noches de Boda «que no te cierren el bar de la esquina». Pues ha chapado, a cal y canto. Y ya no tenemos taberna, confesionario ni lagar. Cuando se escapó el virus chino, nadie pensó que alcanzaría a la barra del bar, pero ya está aquí. Hemos echado el cierre y no sabemos dónde ir. A casa, se nos hace pronto; al trabajo, lo hemos perdido; a la calle, nos han puesto toque de queda. Nos subiremos a las copas de los árboles a cantar con el trino de los pájaros, igual que Pau Casals. La música de los muertos mece las hojas de otoño y las estufas de las terrazas prenden llamas de melancolía. Otra botella, por favor.
La hostelería se desangra a borbotones y nadie hace nada por impedirlo. Sería sensacional que España fuera Alemania y tuviéramos industrializada toda la economía. Pero esto es lo que hay, entre otras cosas, lo que los demás no alcanzan. Sol, playa, patrimonio y gastronomía. Y tampoco hay que pedir perdón por ello. Nos hace falta un Carlos V para unir el imperio, pero queremos echar al rey y poner un presidente de republiketa. Las copas duermen el sueño de los injustos, colgadas del techo de los bares. Y ya no tintinean ni bailan el vals del minuto que dura un trago. Las lágrimas apoyadas en la barra se sorben en silencio, en un llanto lento y amargo del mejor vino sin descorchar. A quién le cuento yo ahora mis penas.
El cierre de los bares es una catedral apagada, un museo sin cuadros, un cirio sin llama. Se acaba el oxígeno como a los peces cuando los sacas fuera del agua. Aunque nos dicen que es peor morir bocabajo, solo y en una UCI. No escribo para quejarme, que eso ya lo lleva el viento… Escribo porque nos han extirpado la alegría como si de un tumor en el bajo vientre se tratara. Abriremos botellas por el Skype y nos las beberemos por whatsapp, pero no sabrán igual. El paso a una taberna era como una celebración pagana. Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del licor. Había quien se persignaba y mojaba los dedos en una copa de vino. Hoy la Santa Cena la hubiera disuelto la policía.
Así las cosas, hemos abierto en la radio los Coloquios del Vino… Algo tendríamos que hacer y beber por correspondencia. Uno echa de menos su banqueta del bar, único instrumento manejable en ese gran deporte que ha sido la barra fija. Somos gimnastas de la nada y ya ni empinamos el codo… El coronavirus se ha metido en la doblez de la tristeza y nos mata de verdad o por aburrimiento. Los vinos a mediodía se han sustituido por cartas sin destino ni matasellos. Las historias que escuchabas en el bar se quedarán sin escribir porque ya no hay poeta que las beba. Algo habrá que hacer este noviembre turbio de violetas negras. Todo son cipreses y crisantemos ajados en la solapa. Me han regalado una caja de vino y no acierto ni a abrirla. El vino se comparte o llora en silencio por dentro.
Bienaventurados los hosteleros porque ellos heredarán la risa que quede después del llanto y abrirán de nuevo sus vidrieras para que pasen los fieles sin otra iglesia a la que ir. Las cenizas de este otoño enajenado resurgirán como jazmines en primavera y brillarán en los ojos claros de un vino nuevo al calor del amor en un bar. Hasta entonces, peregrinaremos por el hueco de la escalera.