A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


En el primer aniversario de monseñor Cerro en Toledo

01/03/2021

«Son muchos los que me preguntan cuáles serán mis retos pastorales, mis planes, mis proyectos, los sueños de mi corazón de pastor. Se llama anunciar y vivir a Jesús que me lanza a evangelizar a los pobres». Con estas palabras, comenzó su ministerio episcopal en Toledo Monseñor Francisco Cerro Chaves. Si bien es cierto que no era un ajeno a la Primada cuando llegó, puesto que se formó en el Seminario toledano y recibió el orden sacerdotal de manos del recordado Cardenal don Marcelo, también lo es que el pasado veintinueve de febrero de 2020 comenzó para él la etapa de mayor compromiso con el lugar en que comenzó su vida sacerdotal.
Preparando este artículo, he buscado algunas de las noticias más relevantes de este primer año de don Francisco como Arzobispo de Toledo con la finalidad de destacar algunas de sus obras más significativas. Y creo que una, por encima y como razón de todas, sobresale en su ministerio: su constante voluntad de ser un pastor con corazón, cercano y partícipe de la vida de los fieles que tiene a su cargo. El Concilio Vaticano II, en su constitución dogmática Lumen Gentium, describe la tarea del Obispo haciendo mención a esta idea: «debe tener ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir y a dar su vida por sus ovejas. Al estar escogido de entre los hombres y lleno de debilidades, puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos y a los que anima a colaborar con él llenos de entusiasmo. Puesto que tiene que dar cuenta a Dios de sus almas, debe preocuparse de todos ellos, incluso de los que todavía no pertenecen al único rebaño, por medio de la oración, de la predicación y de todas las obras de caridad». Aunque resulte una obviedad, el Obispo tiene dos esferas fundamentales en las que tiene que guiar su pastoral: la vertiente espiritual y la vertiente social. En ambas, creo que es justo, sin caer en halagos excesivos, felicitar a nuestro Arzobispo.
En la cuestión más espiritual, don Francisco es un pastor que predica con sencillez sin renunciar a la profundidad y a la precisión, tanto en sus homilías como en sus muchos escritos y publicaciones. Su prolija obra escrita, que aborda con criterio y dotándola de una fácil lectura, demuestra su gran preocupación por la formación de los cristianos. Este sano equilibrio entre lo sencillo y lo profundo es de gran ayuda para muchos fieles, y demuestra una intención clara de que el mensaje que transmite pueda llegar a todo aquel que lo escucha. En cierto modo, en esa actitud se encuentran la humildad y el celo que deben presidir la labor sacerdotal. La Iglesia necesita pastores sabios, pero también necesita que esos pastores sean santos y buenos predicadores, porque son esas tres virtudes las herramientas más esenciales para la evangelización.
En lo más social, monseñor Cerro demuestra una imparable y fructífera actividad. No hay semana en la que no visite algún rincón de la archidiócesis, no se encuentre con sacerdotes o seglares o falle a la Escuela Diocesana de Oración, creada por él mismo, y que cada sábado, de seis a siete de la tarde, reúne a un número creciente de personas en directo o por televisión. Ha creado economatos para pobres, un fondo para los conventos, ha ayudado a las residencias de ancianos con limosnas penitenciales en Cuaresma y ha ofrecido la Catedral para la vacunación masiva contra el Covid. Además, es uno de los Obispos españoles más activos en redes sociales. Por ejemplo, su cuenta de Instagram ofrece varias secciones: ‘Libro del día’, ‘Peregrinar al jubileo de Guadalupe’, ‘Pinceladas’ según cada tiempo litúrgico, ‘Cuentos dominicales’ o ‘Corazón de Jesús: en Ti confío’ son algunos de los muchos espacios desde donde el Arzobispo lanza pequeñas cápsulas de fe y oración que me consta que están haciendo grandes frutos pastorales.
Ahora bien. A la hora de hacer una crónica de una realidad que continúa y que es casi incipiente, no puede hablarse solo de los méritos pasados, sino que también se debe hacer mención a los retos del futuro. Creo que don Francisco tiene aún por delante muchos desafíos pastorales, de los que solo voy a enumerar algunos. Además del año de San José y del Jubileo a Guadalupe, monseñor Cerro está llamado a consolidar un nuevo punto de vista sobre la evangelización y la formación, que debe imprimir en los fieles la idea de continuidad y cuyos pilares son la acción social organizada, el desarrollo de más formatos como las Escuelas de Oración y el compromiso de todo cristiano de ahondar espiritual e intelectualmente en su fe. Por otra parte, y a raíz de su reciente Carta dedicada a la religiosidad popular, debe afrontar la no siempre fácil tarea de devolverle su sentido más propio, acabando de una vez por todas con las más que reprochables costumbres protagonizadas por un sector de personas que enturbian la auténtica vida cofrade. Tiene también como reto el desarrollo de canales mejores y más visibles para ayudar a aquellos que pueden ser considerados como personas apartadas o solitarias, con especial dedicación a quienes sufren verdadera vulnerabilidad y a los que viven en soledad y sin ayuda. Y, como no puede ser de otra manera, tiene que dedicarse al desarrollo interior de los jóvenes, que son el futuro de la sociedad, renovando y actualizando las iniciativas que hasta ahora había para ellos.
Pasado un año de la toma de posesión de don Francisco Cerro como Arzobispo de Toledo, considero que el balance de su obra debe leerse en términos muy positivos. Este año nos ha demostrado cuál es su línea de actuación. Si todo sigue igual, confío en que nuestra archidiócesis está en manos de un pastor activo, con corazón, que quiere desvelarse por el pueblo cristiano que se le ha encomendado, cuya labor será abundante y muy fructífera. Así se lo deseo, pues también en sus frutos va la tranquilidad de quienes nos preocupa el devenir de la Iglesia. ¡Felicidades, don Francisco!