LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Fitipaldis

16/03/2021

Los fitis, o farruquitos, siguen campando a sus anchas, bien es cierto que no tanto como antaño, por nuestras calles y carreteras. El perfil tipo es el de hombres jóvenes, con vehículos de toda apariencia y precio, que se caracterizan por sobrepasar los límites de velocidad en una conducción temeraria plagada de acelerones, volantazos, ruido de tubo de escape, chirriar de llantas, música a bombaputa, y ofensa general al buen gusto. En mi ciudad uno de estos tipos mató a una mujer con toda la vida por delante, en un paso de cebra el pasado verano, y cada año se provocan accidentes graves por todos lados, por choques contra personas y bienes.
Es difícil la actuación policial para detener a estos sujetos cuando están en marcha, pues el riesgo que genera la intervención hacia terceros y hacia la fuerza actuante es elevadísimo, y muchas veces se ha de acudir a tomar nota de los datos del vehículo para proceder con posterioridad. En ese caso, no siempre el coche está dado de alta y, aun cuando se localice al propietario, la identificación del conductor infractor es un capítulo aparte. Me cuentan además que la normativa y la justicia terminan siendo de poca utilidad ante la insolvencia de ciertos conductores, quedando en nada las oportunas multas, así como que el ambiente de acumulación de delitos o sanciones que arrostran algunos de estos magos del volante genera en todos los que tratan el asunto una escasa individualización y vigilancia del castigo de esta maldad concreta.
Me he preguntado siempre cómo actuarían los poderes públicos si por las calles y circunvalaciones de nuestras ciudades, un sujeto fuera disparando al aire con una pistola o una metralleta. ¿No se movilizarían para intervenir de inmediato tanto las policías como los que hacen y aplican las leyes? ¿No se decretaría prisión provisional sin fianza tras la detención para estos cabrones?
Pues resulta que ni poderes públicos ni sociedad acaban de asumir como peligro efectivo que un niñato maneje una máquina de mil quilos en peligro constante de pérdida de control. Es tan real y evidente la situación de riesgo que provoca el exceso de velocidad asociado a una conducción temeraria, como que se tolerara a un perturbado pasearse con cualquier arma por la calle.
Incluso se detendría a cualquiera que exhibiera un arma desenfunda, pistola o cuchillo, aunque no lo esgrimiera, ni adoptara una actitud amenazante, y se mira para otro lado y no se denuncia cuando un vándalo de estos arranca de un semáforo a cien por hora o hace trompos en una rotonda. ¿Falta de ecuanimidad? Quiero pensar que sea eso y no la sospecha de que todos llevamos un macarra dentro que nos haya hecho comportarnos al volante de esa manera alguna vez.