La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Madelman

06/04/2021

«Lo queramos o no, los cincuentones somos el objeto codiciado del mercado por nuestro poder adquisitivo»
La vida está mal diseñada, funciona al revés. Ya lo decía Julio Camba al hablar de la comida, que cuando eres un niño y quemas energía a la velocidad a la que arde un fósforo comes cualquier cosa y en pequeñas cantidades, mientras que al envejecer, cuando la química del cuerpo está desnivelada y consumes menos calorías que un cubito de hielo, te entran los antojos de todo tipo de manjares y en cantidades abundantes. Lo mismo pasa con los premios, que suelen dárselos a los viejos cuando están en la cuesta abajo del declive físico e intelectual, en lugar de a los más jóvenes, que son los más necesitados de estímulos y reconocimiento.
Lo queramos o no, los cincuentones somos el objeto codiciado del mercado por nuestro poder adquisitivo. Las empresas idean todo tipo de artimañas para conseguir que nos desprendamos de una parte de nuestros ingresos estables o le demos mordiscos de rata a los ahorros. La nostalgia les funciona muy bien. Por eso se habla ahora más que nunca de cosas como la EGB, o la televisión nos pone programas con retales de las actuaciones musicales de cuando éramos universitarios, o se intentan resucitar objetos desfasados como el tocadiscos, o se reeditan las obras completas de Julio Verne encuadernadas en piel de cabrito. El mercado quiere nuestro dinero antes de que seamos unos empobrecidos y resignados pensionistas.
En un centro comercial de la ciudad han inaugurado una exposición bautizada como ‘Juguetes antiguos’. Una hilera de vitrinas en el pasillo de la planta baja que abre las heridas dulces de la nostalgia; heridas que sólo se pueden coser engullendo una hamburguesa o comprando unos pantalones o cambiando de teléfono móvil de inmediato. El Ibertren con sus casas de estación rotuladas en alemán, el Scalextric en su caja original, bicicletas y triciclos, maquinitas de coser, la Nancy vestida de lagarterana, y excavadoras de chapa, coches teledirigidos con su cable de un metro, el fuerte de madera con los soldados y los indios de Comansi, y los Juegos Reunidos de Geyper entreabiertos para que se pueda ver el tablero de cartón de la oca y una ruleta de plástico. No son juguetes antiguos sino viejos, juguetes que yo asocio al hijo del médico porque eran muy caros, juguetes que canalizaron los desvaríos de nuestra imaginación, que nos han hecho como somos, que no resisten la comparación con los actuales pero cumplen su función como reclamo de clientes descuidados.
La vida está mal diseñada, funciona al revés. De niño hubiera dado todo por tener en el bolsillo cincuenta euros en pesetas para comprarme alguno de esos juguetes; de viejo me gustaría recuperar la inocencia, la despreocupación y la imaginación suficiente para viajar con un Madelman a Saturno.