Tente Nublao

Ángel Monterrubio


Evaristo, el Zancapierno

A Evaristo, el Zancapierno, le faltaba el brazo derecho desde un poco mas arriba del codo. Tenía una cicatriz larga, abultada y encarnada que parecía totalmente una lombriz. Un barreno que explotó antes de tiempo se lo arrancó de cuajo cuando trabajaba en el puente de la carretera de El Campillo de la Jara. El antebrazo salió disparado más de diez metros y los dedos se movían como rabos de lagartijas.
-Lo menos estuvieron danzando dos o tres minutos, cada uno a su son. Aunque estaba con la tontera del zambombazo yo lo veía perfectamente -aseguraba Evaristo.
Evaristo, el Zancapierno, doblaba la manga de las chaquetas y las camisas y las sujetaba con unos imperdibles muy grandes a la altura del hombro, se los regalaba Farruca, la Modista, a la que de moza había pretendido sin resultado. En las fiestas lo adornaba con un escapulario de la Virgen del Carmen y a diario, cuando no tenía a mano palillos, con él también se limpiaba los dientes.
Evaristo, el Zancapierno, era con diferencia el mejor tirador del pueblo, se encaraba la escopeta con el muñón a una rapidez pasmosa.
-Ando mejor con la perdiz y la paloma, eso sí. Pero lo que más me gusta es el tiro al plato. Cuando voy forastero a algún trofeo ven al manco y hacen bromas, pero duran poco, hasta que empieza la faena…
Decían que Evaristo, el Zancapierno, había nacido con tres riñones y que por eso tenía una vejiga muy grande y meaba más que un mulo. Pero era sin fundamento.
-Naaa. Tontás. A mi bisabuelo Jeremías, por parte de mi madre, le apodaban Tresriñones, y no me preguntes el porqué, aunque somos Zancapierno, el tema pasó a mi padre y luego a mí. Lo consulté en la mili, me registraron y tengo dos, en su sitio y meo lo normal…
Evaristo, el Zancapierno, con las perras del accidente compró una máquina trilladora que trasladaba por los pueblos de la comarca con tres parejas de bueyes.
-De era en era como los titiriteros y los de los circos. Escucha, hay que ver cómo han cambiado las cosas. La gente se arremolinaba alrededor del artefacto y se quedaban con la boca abierta. No daban crédito, como si fuera por arte de magia. Si hubiera cobrado la entrada hubiera ganado más que trillando…