Me la juego

Ana Nodal de Arce


¡Quiero ir al médico!

08/10/2020

La trágica muerte por cáncer de una mujer de 48 años en Burgos, sin conseguir una cita presencial con un médico en tres meses, alerta de una terrible realidad que se extiende a todas las Comunidades españolas: la pandemia ha abolido la atención primaria y la telemedicina se ha impuesto como una estrambótica práctica que nos resta, cuando menos, el derecho a la salud que hasta ahora creíamos garantizado con el pago de nuestros impuestos. No sé quiénes son los culpables. Sé que las víctimas somos los ciudadanos. De eso no me cabe duda.
El médico de cabecera, de familia o como le queramos denominar, ha sido siempre el profesional más cercano, al que muchas personas recurrían incluso para conseguir un bienestar psicológico, un desahogo en periodos en que se acumulaban achaques, tal vez debido a la edad. Eso, por desgracia, ha pasado a la historia. Ahora hay que llamar al centro de salud, todo un reto a la paciencia porque es casi un milagro que alguien descuelgue el teléfono. Y esa obstinada insistencia puede desembocar en auténtica desesperación. Una vez conseguido el contacto, el médico te llamará.  No el mismo día, sino cuando pueda. Y en cualquier momento, que lo mismo te pilla en la cola del súper y tienes que estar susurrando tus intimidades ante una audiencia poco interesada en escucharlas, pero que tampoco tiene por qué ser testigo ocasional de los males de cada uno. Si algo no cuadra, el facultativo te pedirá una foto, lo que resulta un obstáculo mayúsculo para un amplio colectivo de gente mayor. Y si ya el problema es acuciante, tal vez te remita a consulta. O a Urgencias, ya que ciertos especialistas e incluso la unidad de cirugía ambulatoria han suspendido su actividad. A saber por qué.
Y, volviendo al caso de la señora de Burgos fallecida por cáncer, hay que denunciar que aquí, en Toledo, también se han suspendido revisiones oncológicas, lo que supone una peligrosa vuelta atrás en ese concepto de apostar por la medicina preventiva como medio más eficaz para anticiparse a la gravedad de las dolencias, aliviar sufrimiento y ahorrar tratamientos costosos.  
Así las cosas, es fácil que se colapsen los servicios de urgencias, arrecien las colas en los centros de salud, los ciudadanos opten por comprarse un medicamento sin receta en la farmacia o por acudir a la medicina privada para dar una rápida respuesta a sus patologías. Ellos, que tanto aplaudieron desde las ventanas, asisten estupefactos al desmantelamiento del sistema del que se presumía hace unos meses con desmedido orgullo. Existe el coronavirus, sí, pero también otras enfermedades que la telemedicina o la consulta casera por internet no pueden solucionar. ¡Queremos ir al médico! Que las autoridades sanitarias pongan los medios, materiales y humanos, para dar respuesta a nuestro clamor. Es imprescindible.