EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


José Luis in memoriam

Hay muertes que arrasan. Son las de aquellas personas que tanto hemos amado, admirado o convivido que, con ella, muere también en nosotros un pedazo de nuestra vida. La mayoría de mis lectores no habrán conocido a José Luis Gómez Recio, pero eso importa poco porque voy a tratar de la muerte de un amigo y cada cual podrá colocar aquí el nombre de los suyos.
 José Luis era un hombre que vivió intensamente y por ello su muerte es consecuentemente enorme, como la de otros personajes notables que llega a sentirse como el derrumbamiento de una basílica. Y esas fechas son hitos que nos hacen recordar en dónde, cómo y con quién estábamos nosotros en ese momento que se ha convertido en una referencia.
 Cuando este sábado nos reunimos sus numerosos amigos para celebrar el funeral, nos mirábamos hallando en cada uno los signos de la orfandad. Pero su ausencia resultaba una gran presencia por defecto, y sentíamos que estaba realmente allí, bajo esa llovizna de nuestras lágrimas que nos mojaba los hombros en el atardecer de noviembre.
 José Luis sabía que la muerte no es sino un retorno a la eternidad de donde había salido un 5 de junio. Había vivido con intensidad su instante de luz sobre la tierra y lo que viniera sólo cabía aceptarlo sin descomponer el tipo. De la fertilidad del silencio eterno apareció nuestra vida y a su mutismo volveremos. Pero permitidme ahora una reflexión tan personal como intransferible y que compartí con él: ¿quién limita la perpetuación de este ciclo? Es posible que hayamos transitado por sucesivas vidas de las que no tenemos recuerdo y yo espero (realmente deseo) vivir en otras por venir de las que tampoco hay indicios. De Schopenhauer tomo la idea que «del hecho de que existimos se sigue que debemos existir siempre. Somos nosotros mismos el ser que el tiempo ha recogido en su seno para llenar el vacío, y así llenamos la totalidad del tiempo, sin distinción de pasado, de presente o de porvenir, y nos es tan imposible salir de la existencia como del espacio». Lo resumo en la sentencia de que «no somos inmortales, pero sí eternos», que es la aplicación metafísica de los ciclos físicos de la semilla y el fruto.
 El hombre muere para el mundo cuando se apagan las ondulaciones que su presencia física dejó en su superficie líquida. Me impresionó de niño sentir que mi padre sobrevivió hasta que se agotó la cuerda que había dado a su reloj. Hay personas que con sus escritos y obras siguen vivos durante siglos, como hay otros de los que nada hay que recordar pues ni siquiera llegaron a estar vivos en vida. He titulado esta columna ‘José Luis, in memoriam’ porque es en ella en donde va a sobrevivir y son sus poemas, escritos, ideas y amores los que permanecerán.
Morir con los ojos abiertos, el bastón en la mano y la palabra en la boca -como hiciera el poeta Ochaíta en Pastrana- es un gesto de personalidad pues, según oí a Cela: «el que va a morir inaugura la muerte como el primer muerto».
Ayer -como dijera Pessoa al conocer la muerte de su barbero- «hizo frío en todo cuanto pensé», pero nosotros buscamos darnos calor en el grupo Diversos que él dirigía y al que ahora daba una última lección que era la de haber logrado morir joven a sus 74 años.