Tente Nublao

Ángel Monterrubio


Día del Libro

22/04/2020

El rey Alfonso XIII, por Real Decreto del 6 de febrero de 1926, creaba oficialmente la ‘Fiesta del Libro Español’ el día 7 de octubre, porque se pensaba, entonces, que ese día había nacido Cervantes. En 1930 se modificaría la fecha para arreglar el entuerto al 23 de abril.
A nivel mundial, desde 1995, y a propuesta de la Unesco, celebramos el día 23 de abril como ‘Día Internacional del Libro’ porque, simbólicamente, coincidía -día, mes y año- con la muerte de dos de los más grandes de la literatura universal: Cervantes y Shakespeare. Pero el dato no es cierto.
Primero, porque Shakespeare murió un 3 de mayo de 1616. Los ingleses aún no habían incorporado el calendario gregoriano por el que, en 1582, el Papa Gregorio XII adelantó 10 días el año, el día 5 de octubre pasó a ser el 15 del mismo mes. España adoptó ese cambio de manera inmediata. Inglaterra lo hizo, siempre tan suyos, en 1752.
Y segundo, don Miguel de Cervantes no murió un 23 de abril. Murió el día anterior, el viernes 22 de abril de 1616, a los 68 años, en su casa de Madrid, a la que se había mudado hacía poco tiempo, situada en la esquina de la calle León y de los Francos, rodeado de su esposa, Catalina Salazar, una sobrina y el cura Martínez Marsilla, amigo de la familia.
Tres días antes de su muerte, escribe la famosa carta al Conde de Lemos, que aparece en el Persiles, su última obra, aquella que empieza: «Puesto ya el pie en el estribo». En ella también dice: «Ayer me dieron la Extremaunción; y hoy escribo ésta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».
Lo enterraron el sábado, día 23 de abril de 1616 en la Iglesia del Convento de las Trinitarias Descalzas, en la calle Cantarranas, en el mismo barrio donde vivía. Los hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, en la que había ingresado don Miguel poco antes, transportaron el cuerpo de Cervantes con un modesto sayal de mortaja de la orden y la cara descubierta como era costumbre de su hermandad. Fue enterrado humildemente y recibió sepultura, sin lápida, en una capilla pequeña del convento a la que se accedía por la calle de Huertas.