BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Páginas de mi diario

04/04/2021

Este Jueves Santo me comunicaban dos de mis hijos que los acaban de confinar en Francia. Hay que tener redaños para confinar un país entero de 65 millones de personas. A Macron, como a Merkel, no le tiembla el pulso cuando se ve obligado a tomar una decisión trascendental. Va a la Asamblea Nacional y en un par de horas el asunto queda zanjado. La salud, la vida, por encima de todo. Igualito que en España. ¡Qué ganas de vivir en una democracia seria y madura, no en un país de mindunguis!
Mucho me temo, no obstante, que como Dios no lo remedie y la semana próxima estalle el bombazo que auguran los epidemiólogos, nosotros vayamos detrás. El papelón que desde hace un año venimos haciendo no está costando carísimo. Por supuesto, todo queda en números (ciento treinta, ciento cincuenta al día), por más que, de vez en cuando, te llegue la noticia de que ese amigo, Antonio, a quien desde meses atrás no veías, formaba parte de esas cifras insidiosas.
Estamos tristes, desolados, casi vencidos, incapaces de salir del laberinto en que, mascarilla en ristre, tratamos de burlar al virus maligno. Lo único que sabemos es que hay que seguir, como ese caminante que avanza con los pies en carne viva. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Las vacunas, nuestra única esperanza, no acaban de llegar y la desesperanza cunde. Acabo de oír que los que se encuentran en el segmento de setenta a ochenta años se han quedado relegados, en un limbo especialmente hecho para ellos. ¿Será cierto que estorbamos?
Las autoridades sanitarias actúan a impulsos, de manera improvisada, caprichosa, hoy esto, mañana aquello, pasado lo contrario, y somos muchos los que creemos hallarnos ya en un universo kafkiano. Ni siquiera aquí nos queda la esperanza de que «los primeros serán los últimos y los últimos los primeros». Las contradicciones están a la orden del día; ayer mismo me decía mi amigo Jorge Laborda que, en tanto que maestros y profesores de enseñanza media están siendo vacunados, los docentes universitarios siguen esperando la feliz ocurrencia de algún asesor, director general o subsecretario, porque aquí ni Dios sabe quién manda; ni siquiera esta señora ministra de Sanidad, doña Carolina Darias, que, ¡quién lo dijera!, habla y habla con su dulce acento canario y no concreta, ni afirma ni niega; lo suyo son los tópicos, las frases aprendidas, y la gente sigue muriendo en las Ucis, y los índices de todo tipo suben. Imagino que lo saben, pero, por si acaso, yo se lo repito: «Somos pura estadística; líneas que suben y bajan, y así hasta el infinito».
Y mientras tanto, en Hellín, en Tobarra, en Calanda, en Híjar, en Alcañiz, en Moratalla, los tambores llevan dos años mudos, cuando justo hoy tenían que estar redoblando, anunciando a los cuatro vientos que hace 1988 años un ser inocente, uno más, llamado Jesús de Galilea, fue crucificado de una forma vil, y que, desde la cruz, en plena agonía, como muy bien me recordaba hoy otro amigo, Justo Reino, susurró:  «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». De entonces acá hemos aprendido muchas cosas –entre ellas, cómo vencer a un virus maligno en diez meses–, pero seguimos sin aprender lo esencial: que sólo hay un delito peor que la soberbia, y es la incompetencia, por no hablar de la mala fe. Y que estamos aquí de paso, sólo de paso, que decía Luis Eduardo Aute. Algo en nuestro interior nos dice cada día que el mundo funciona mal, rematadamente mal, pero son pocos, muy pocos, los que parecen dispuestos a luchar para salvar un mundo inexorablemente agredido y que hace aguas por doquier. Un mundo tremendamente frágil en el que basta que un volcán estalle en Islandia, un carguero quede atrapado en el canal de Suez o un virus mute en un lugar perdido de China, para que todo se ponga en tenguerengue. ¿Qué más necesitamos para aprender? Competencia, amigos, y humildad, en este domingo de Resurrección.