El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Las aventuras de don Casimiro García (y II)

La semana pasada dejábamos al bueno de don Casimiro acuchillado por los franceses. Sin embargo, sobrevivió y tras una década sin saber nada de él, aunque podemos imaginarlo ferviente partidario de la Constitución gaditana, lo encontramos de nuevo en 1820 adicto al Gobierno liberal, de modo que, en septiembre de 1822, hallándose en su curato de Somosierra, ante las incursiones que realizaba por aquellos pueblos el cura Merino, otro clérigo de vida no menos novelesca, tuvo que encerrarse con el sacristán en la torre de la iglesia, pues una avanzada de las tropas de Merino, al acercarse al puerto de Somosierra, preguntó directamente por él, lo que nos demuestra que su figura era conocida como sacerdote partidario del liberalismo.
Dicha avanzadilla fue repelida, pero don Casimiro, intimidado por lo ocurrido y para evitar ser sorprendido en otra ocasión, solicitó al cardenal Luis María de Borbón, arzobispo de Toledo, que le trasladase a otra parroquia de menos riesgo. El primado se lo concedió y le nombró cura rector de la iglesia de San Juan de Brihuega, donde testimonió públicamente su adhesión al Gobierno constitucional.
Nuevamente perseguido por las tropas del general realista Bessières, que recorrían las tierras de Guadalajara, tuvo que ocultarse y vivir aislado, sin curato, “aborrecido de los amigos del despotismo”. Esto ocurrió en 1825, cuando el general pasó por Brihuega, donde contaba con el apoyo de los voluntarios realistas locales, camino de Sigüenza, en su golpe contra la supuesta tolerancia de Fernando VII hacia los liberales.
En 1828, debido a su notoria aceptación del Gobierno constitucional, lo que le hizo sufrir diversas vejaciones, don Casimiro tuvo que abandonar el ministerio parroquial, siendo suspendido por el arzobispo de Toledo, Pedro Inguanzo Rivero, ferviente absolutista, quien le prohibió la celebración de la Misa. Don Casimiro pidió que se siguiera un proceso formal, a lo que el cardenal accedió, acusándole de abandonar su curato, además de adhesión al sistema liberal. Fue condenado a pagar las costas, a un mes de ejercicios espirituales en un convento de rigurosa observancia y a la privación de la antigüedad que tenía de párroco; se le permitió volver a su parroquia, advirtiéndole que se comportase de acuerdo a su oficio parroquial. Los ejercicios los realizó en el convento de san Francisco de Brihuega.
Al ser proclamada Isabel II, don Casimiro, una vez más, se mostró ferviente partidario de la causa liberal. Esto le llevó a solicitar, ya en 1836, un beneficio eclesiástico, que, dada su posterior petición de 1842, en la que aún aparece como párroco de Somosierra, no le fue concedido. A partir de este momento, perdemos su rastro, aunque no es muy descabellado imaginarle en aquel Madrid en el que bullían las tertulias políticas en los cafés, inmerso en el clima de intrigas y conspiraciones de la época.
Y es que aquella España decimonónica era cualquier cosa menos monótona y aburrida.