CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Un mundo minúsculo

«El mundo cambia en un instante y nacemos en un día», clara frase para iniciar mi reflexión.
Mundo es el sustantivo con el que generalmente nos referimos a la tierra, incluyendo al propio planeta y a los organismos que viven en él. Si dices: «Quiero salir y ver mundo», es que quieres ir a todas partes y ver de todo. La palabra mundo también puede hacer referencia a las experiencias individuales de alguien -tu mundo cambia cuando tienes un gato- o a una región o grupo en particular, como un actor famoso en todo el mundo de habla española. Si bien hoy se pueden utilizar las palabras ‘mundo’ y ‘tierra’ de manera intercambiable, la palabra ‘mundo’ originalmente hacía referencia sólo a la experiencia humana.
Ahora ya no viene bien esta frase, nos hemos dado cuenta que el mundo es demasiado pequeño y nosotros creíamos que no tenía final: globalización, envidias, egoísmo, poder, dinero, multinacional, explotación, guerras, etc., y sin embargo nos damos cuenta, que nos somos nada, que es minúsculo, apenas perceptible, cuando una cruel realidad, en pandemia como ahora, nos abre los ojos y nos hace débiles, muy débiles, demasiado débiles ante el reto de la vida.
En este mundo eres lo que eres, y se puede ser dos cosas: o eres alguien, o no eres nadie. Y para llegar a ello, ha tenido que venir un drama, una cruel realidad, un temor a la vida, un sentir que no somos nada en un mundo, funcionalmente tan grande. Así de claro y así de crudo.
Pero cierto es, que nos hemos dando cuenta de que vamos demasiado deprisa, de que el trabajo nos absorbe los mecanismos de familia, una sociedad elitista y competitiva a muerte, destrozando sentimientos, amores, paternalismo; perdiendo valores, olvidando la ética, el respeto, la solidaridad, la convivencia pacífica. Nos hemos tenido que dar cuenta, cuando el miedo a morir se presenta y nos avisa que puede estar el final de una carrera, de que la vida es otra cosa, más sencilla, más solidaria, más humana, más humilde, más cercana, más natural; y ello nos lleva a que hay razón para confirmar siempre un refrán más «no hay mal que por bien no venga», ese algo de que todo se puede desvanecer y que, juntos, con ayuda, con comprensión y solidaridad -¡qué gran palabra, a veces olvidada¡- todo se consigue, todo se logra. Tal vez, vuelvan a reinar aquellos valores universales que hicieron grande un mundo real; aquellos que nos enseñaron nuestros abuelos y padres, al reconocer el por qué de la familia como germen de sentimiento; el por qué de una sociedad compartida, de ayuda y de estima; el por qué de una sincera amistad en la que apoyarte, en la que creer, de ideales, de compañerismo y de ilusiones.
Dice mi amigo Julio que ahora, ahora nos hará falta compartir una emoción (no tiene siempre porque ser alegre), un vínculo emocional que nos anime a seguir día a día cuando los ánimos decaigan. Nos anima a dosificar la generosidad, la solidaridad, la empatía, para que si esto se alarga, tengamos parte para después. Y es que, nos hemos dado cuenta donde está el valor del ser humano. Por qué ir tan deprisa; por qué ser más que el de al lado; por qué hacer y hacer sin dejar espacio al otro; por qué la fama cuando rompe la dignidad y la moral de un ser humano; por qué dar tanto valor a la belleza exterior y abandonar la interior; por qué ese consumismo innecesario cuando hay tantos y tantos pobres necesitados de salvar su hambre y su miseria; por qué las guerras cuando no hacen más que romper sociedades, familias, sentimientos, vida. Ahora, debemos empezar a sentir la verdad como clave de necesidad porque en ella estará la consecución del deseo, del objetivo, del final.
Me siento bien, después de este alegato, quizás porque yo soy uno de los que no cumplo lo que ahí pido y soy ejemplo de lo que ahí critico, quizás por eso.