BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El circo

05/10/2020

Mientras el pasado miércoles los señores diputados del Congreso, en una sesión para enmarcar, se entregaban a su juego favorito: el insulto, la descalificación, incluso la afrenta y la injuria, los hospitales madrileños y los de toda España permanecían atestados, con cientos de nuevos casos de infectados de coronavirus y otros casi dos centenares de agonizantes.
Es evidente que estos diputados y diputadas elegidos en los últimos comicios han perdido la dignidad y, lo que es peor, la educación, cosa que la propia presidenta de la Cámara se vio en la necesidad de reprocharles con dureza. Pendientes día a día de la gracieta, la ocurrencia y, por supuesto, de cobrar la soldada a final de mes, sus ‘señorías’ pierden pie con la realidad de un pueblo que intenta sobrevivir a la pandemia en medio de la indignación, el cabreo y el enojo más absoluto.
Como decía el pasado domingo, mientras fuimos cuesta abajo, quien más quien menos se creyó Winston Churchill, político consumado, llamado a brillante porvenir; pero ahora que les ha tocado subir el Mortirolo, todos los que los votamos nos damos cuenta del terrible error que cometimos nombrándolos para un cometido para el que carecen de la más mínima preparación.
Lo que está ocurriendo en este país no tiene parangón y demuestra que, mucha Europa y mucha democracia, pero, en realidad, estamos donde siempre estuvimos, en una república bananera donde prolifera el rebuzno y nadie es capaz de escuchar a nadie. El caos está servido en esta España de las diecisiete autonomías donde diecisiete personajes se autoproclaman presidentes, con su corte, su gobierno, sus turiferarios, consejeros, asesores y pelotas apegados a la sopa boba.
Después del terrible sacrificio de los tres meses de confinamiento, con un país prácticamente limpio a finales de mayo, el Gobierno central, presionado por los caciques autonómicos, los empresarios y el sector turístico, cedió el control sanitario  a las autonomías, cometiendo el craso error de hablar de la ‘Nueva Normalidad’. Hasta el punto que los las grandes cadenas hoteleras idearon planes para salvar la temporada; en las grandes ciudades, las gentes salían todas a una como Fuenteovejuna; jóvenes jaraneros e inconscientes que viven para la fiesta y el botellón se infectaron a decenas y decenas, transmitiendo el virus por donde iban. Pronto empezaron los rebrotes, sobre todo a partir de San Juan. Pero ahí estaba ya la ciudad alegre y confiada de Benavente y las autoridades autonómicas haciendo planes de futuro, pero sin atender lo más mínimo a lo que les habían prescrito para no tropezar dos veces en la misma piedra; se trataba de buscar rastreadores y reforzar los cuadros médicos. Pero, una vez más, dijeron aquello de que inventen ellos. Quien más quien menos se marchó de vacaciones –¡cómo iban a perdonarlas!– y, cuando se reincorporaron al silloncito oficial la tragedia estaba servida. El mes de septiembre ha sido horrible, con más de diez mil contagios diarios, pueblos aislados, el bochornoso espectáculo ofrecido por dos personas incapaces pero sobrados de vanidad y prepotencia: la señora Ayuso, presidenta de la comunidad de Madrid, y el ministro Illa, muy más aconsejados ambos y peor asesorados. Y aquí estamos, con cerca de 800.000 contagiados, con Madrid y decenas de pueblos confinados. Y lo que es peor, con un mes de octubre y otro de noviembre con más que negras perspectivas.
Es, como vemos, el momento ideal de atacar con saña a la monarquía por parte de aventureros de la política como Iglesias, Garzón el sublime Rufián; o de seguir escandalizando la Justicia absolviendo a los dirigentes de Bankia, entre ellos al señor Rato, el único ciudadano contento seguramente con su tercer grado. Algo que me hace repetir una vez más aquello de ‘si robas, roba mucho’.