EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Los nuevos naúfragos

Con el nombre ingles de Open Arms hay un remolcador bajo bandera española que recorre el Mediterráneo en busca de náufragos, siendo su caladero principal las costas de Libia.

En una operación clásica de salvamento, el lugar del naufragio es fortuito y el momento intempestivo y, prestados los primeros auxilios, se lleva al rescatado al puerto seguro más cercano, en cumplimiento del Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida Humana en el Mar, que no hace sino legislar la obligación natural de socorrer a las personas en peligro.

Pero esta labor humanitaria se desarrolla con ciertas irregularidades. La primera es que el navío socorre a náufragos que no son accidentales sino provocados porque son puestos por las redes de tráfico de seres humanos en embarcaciones precarias, sobrecargadas, sin patrón, sin más autonomía de 40 millas y puestas en el derrotero del remolcador. Una vez acogidos a bordo no se dirigen a un puerto cercano sino que su rumbo es la costa europea. Con ello, el Open Arms pasa de ser un barco de salvamente a un navío de transporte que hace la ruta prevista por las mafias, aceptada por su capitán y exigida por los pasajeros.

La mecánica uniforme y reiterada de estos rescates indica que, si no connivencia, existe una comunicación entre las mafias y el barco de socorro. Estos naufragios son provocados por quienes ponen a los africanos en situaciones de riesgo para conseguir que se abran las puertas de Europa. Con ello, el problema presentado como de salvamento marítimo es realmente de orden público internacional, por inmigración ilegal.

Si, para atraer al lector, el titular de esta columna habla de náufragos voluntarios, la realidad es que lo son a pesar suyo y su aventura me inspira mucho respeto y me provoca un dolor tremendo. Ellos han hecho un sacrificio inmenso, han afrontado penalidades de todo tipo y han pagado a unos traficantes de seres humanos 6.000 dólares que no tenían con la esperanza de empezar una nueva vida en Europa. Porque ni sus gobiernos ni los nuestros están dispuestos a reparar los problemas en sus causas, creando estructuras económicas y sociales sostenibles en los países de origen, que sería la verdadera solución.

Si no para resolver el problema sino para evitar tantas muertes, quedarían soluciones extremas e impracticables, como derribar todas las fronteras o hacerlas militarmente impenetrables. Mientras tanto, sobrellevamos el caso mediante recursos que apacigüen nuestra sensibilidad dolorida -la nuestra-, repartiendo bocadillos a bordo o preparando banderitas para recibirlos en el puerto como con el Aquarius. El remolcador se ha convertido en el tótem en donde convergen las emociones de los ciudadanos y es bandera de enganche de los movimientos humanitarios y reivindicativos. Pero, por supuesto, a estas alturas de sufrimiento, a estas pobres gentes del Open Arms habrá que acogerlas en algún sitio y sin hacer preguntas.

Lo que simboliza el Open Arms es nuestra impotencia frente a un mundo injusto. Porque si el capitán del Open arms acogiera a bordo a los pasajeros de una barca puesta en su camino, cometería un error, y si los rechazara cometería un crimen.