EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


La Sierra del Ocejón

Los paisajes de Guadalajara son muy diversos y la provincia tiene una orografía donde destacan los Montes Universales, macizo calizo que en los antiguos tratados de Geografía Física se consideran la zona más fragosa de España, y la Sierra del Ocejón de naturaleza pizarrosa.
En mis años mozos cada verano hacía un recorrido a pie por los vericuetos más intrincados de España, cuando en el Diccionario de voces Geográficas se definía «vericueto» no sólo como camino estrecho, quebrado y de difícil andar, sino lugar que transitaban gentes «viciosas y mal entretenidas».
En España hay tres zonas socialmente deprimidas que tienen en común la escasez de tierra cultivable porque su sustrato es la pizarra. Son las Hurdes de Cáceres, la Cabrera de León y la Sierra del Ocejón de Guadalajara, también llamada de la Arquitectura Negra. He recorrido las tres hace 50 años tomando notas e imágenes de los que entonces eran. Es posible que algún día sirvan para complementar la memoria de la tierra.
Luis Buñuel filmó en 1932 el documental de denuncia Las Hurdes, tierra sin pan, título que explica una verdad, pero fue Víctor Chamorro quien en 1968 acertó con la causa más profunda con el título de su libro de viaje por la zona: La Hurdes, tierra sin tierra.
Echando el pie desde Tamajón, recorrí una serie de pueblos que tenían en común la falta de carretera, de electricidad y de teléfono y con una población reducida a un 10% de la que tuvieron antaño. De La Tondilla pasé a Almiruete, cruzando el río Seco llegué a Palancares, luego a Valverde con su espectacular chorrera, sorteé los 2.058 metros del Pico Ocejón hasta caer en Majaelrayo y por Robleluengo, hasta Campillo donde hice noche en un pajar, para madrugar y, a través de Roblelacasa, llegar a la despoblada Matallana. Campo a través llegué a La Vereda en donde me acogieron generosamente los cuatro vecinos que quedaban de los 30 que hubo en mejores tiempos. De allí llegué a La Vihuela para volver por Retiendas y el Vado hasta el lugar en donde eché a andar una semana antes.
En estos pueblos encontré gente fuerte y austera, pero también compasiva, personas recelosas pero también acogedoras, silenciosas que no mudas como la misma naturaleza, que vivían haciendo frente a una situación de desfavor. Tenían una nobilísima cultura rural y una moral natural y un lenguaje concreto y rico. Pero la escasez les haría abandonar la tierra para ir a la colmena urbana. En 1970 ya estaban abandonados Matallana, la Vereda y la Vihuela.
La María me contaba sus penurias: «Aquí estamos rebajaos de la mano de Dios… Sólo vino una vez el médico, a ver al Claudio y le recomendó cambio de aires. Ya no tengo pena porque ¿qué adelantamos con tenerla si de todos modos hay que salir?».
Hoy día es un paisaje de una belleza dura que es un destino turístico importante, pero el turista, el escalador y el senderista harían bien en comprender toda la aventura humana que sucedió entre estos riscos y sacar lección de la lucha contra la adversidad que ellos sostuvieron.