EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


El chiringuito de El Altet

03/09/2020

Aunque parece que estoy aquí, en realidad no estoy. Estoy todavía, en voluntaria ensoñación, en el chiringuito de la playa de El Altet, en el término municipal de Elche, en la provincia de Alicante. Me pasa como a los miembros del gobierno, que están, pero que no están. Como a Ábalos en el aeropuerto de Barajas en la visita de Delcy Rodríguez, que estaba pero que no estaba, o como a Cayetana en el Partido Popular, que está ‘de momento’, pero que no está.
Lo mío es más grave. Todavía siento los efluvios alcohólicos de los gin-tonics de media tarde, hasta el punto de que el ruido de la lavadora de mi casa, mientras escribo, me parece uno de tantos aviones de los que acaban de despegar del cercano aeropuerto y surcan el cielo de la playa. Así, con la sensación de tener los pies llenos de arena, afronto el mes de septiembre con el recuerdo melancólico de la estancia fugaz en el chiringuito, en el encuentro jovial con amigos y familiares, mientras mi subconsciente lucha por eludir el absurdo inquietante de la cotidianidad más absoluta. Y aunque no estoy, la verdad es que sí que estoy. Estoy en un Albacete triste, pesimista y sin Feria, que se ha quedado sin el gran recurso y motor económico de la ciudad.
Nada halagüeño presenta el pronóstico económico, en el que se prevé para España una caída libre histórica del PIB, el cierre de Pymes, el desempleo desbocado, y el déficit y la deuda pública en crecimiento descontrolado. Todo ello agravado por una ineptitud constatada de nuestros gobernantes, con planteamientos apartados del racionalismo más elemental («la izquierda ha abandonado el ideario ilustrado») e instalados en la propaganda, los sentimientos, las identidades y las ideologías. Y nuestras administraciones públicas solapadas y sobredimensionadas, con un gobierno central de veintidós ministros y alrededor de mil asesores, gobiernos y parlamentos autonómicos, diputaciones provinciales, cabildos, ayuntamientos, empresas públicas, televisiones autonómicas, defensores del pueblo, asociaciones y demás palmeros y palmeras. Miles de hombres, mujeres y piedras de mechero derrochadores natos, con nómina, sobresueldos y subvenciones a cuenta del erario.
Pese a este desolador panorama, parece imposible pensar que los políticos de turno pudieran regresar a la palestra con espíritu renovado, desdeñar la militancia sectaria y afrontar con responsabilidad los embates que el destino nos reserva. Por eso sigo en el chiringuito, haciendo planes con mi primo Carlos sobre largas singladuras por mares lejanos. Dicen los expertos que la ensoñación excesiva, también llamada fantasía compulsiva, se considera un posible trastorno cuando la ensoñación dura más de la mitad del tiempo que pasa despierta una persona, llegando a convertirse en una adicción.
Pero, créanme, en este caso está plenamente justificada.