La espada de madera

Bienvenido Maquedano


El Carmen de Viboral

08/09/2020

Saltar de la noche a la mañana desde España a Colombia es como encontrarte en una fiesta vestido para un entierro. Las calles hierven con el hormigueo de la gente, el clima es benigno, el ron es más dulce y embriaga menos, y lo que los extranjeros entendemos por realismo mágico allí es cruda realidad. El acento de la gente es redondo, el hablar pausado y el léxico rico hasta el extremo. La población es joven, mezclada, en ocasiones descarada. Los soldados pasean los fusiles por la calle, o se alinean cada pocos metros en las carreteras, y uno no sabe si le transmiten seguridad o amenaza permanente.
El Carmen de Viboral, al igual que otros núcleos de población cercanos como Rionegro, ha sucumbido a la especulación urbanística. Las casas tradicionales de una o dos plantas, con vanos recercados de bellos marcos de madera y colores alegres, son escasas; estertores de moribundo al que le queda poco tiempo. La cerámica es la distinción del lugar. Ha sido uno de los cimientos de su economía, la vía empleada para abrirse al resto de Antioquia, de Colombia y del mundo. Es la actividad que insufla de alma a su gente. Una cerámica elaborada con la acertada unión de arcilla, caolín, cuarzo y feldespato; con un catálogo de piezas fabricadas con tornos de terraja o barro colado; con una decoración floral de colores planos y vivos que es ejecutada sobre el barro cocido, casi siempre por mujeres de gran destreza que manejan pinceles de esponja; y con un baño aplicado antes de la segunda quema que da lugar a piezas limpias y brillantes de aspecto porcelánico.
Facturé veinticinco kilos de cacharros en el avión de vuelta a casa. Compré mucho, me regalaron mucho más de lo que compré. Y después cumplí con el propósito que me hice cuando abandoné Colombia. Repartí las piezas entre muchos amigos, hablé como sólo hablan los apóstoles de cómo se fabrican, de sus orígenes, de su utilidad y belleza, de los pinceles a base de espuma prensada procedente de los asientos de los aviones de Avianca. Desde entonces tomamos el café en pocillos decorados con la pinta Viboral, o me invitan a comer un potaje en cuencos de flores rojas, amarillas y azules, que tal vez pintó una artesana llamada Flor. Entonces aprovecho para hablar de aquellos días fugaces en Colombia, de sus contrastes, y de todos aquellos amigos que me dejaron entrever la vida en El Carmen de Viboral y me alimentaron con patacones, frijoles y jugo de lulos. Desde la semana pasada la cerámica de El Carmen de Viboral es patrimonio cultural inmaterial de Colombia y yo siento una extraña sensación de orgullo que me recorre por dentro.