Política y Humanismo

Fernando Díez Moreno


Humanismo y testimonio (14)

26/07/2020

El humanismo cristiano se enfrenta de manera permanente a la cuestión del testimonio. Dicho de otra manera: el hombre con convicciones morales ¿debe guardarlas para su intimidad, o debe manifestarlas sin complejos en la vida pública? La respuesta del humanismo cristiano es clara, pero ¿por qué?
En España y en los países de nuestro entorno existe una ética política basada en los principios de: democracia pluralista, libertad de expresión, libertad de afiliación política, respeto y sumisión a la ley, reconocimiento de los derechos y obligaciones del ciudadano, igualdad ante la ley, reconocimiento de la dignidad de la persona y deber de los poderes públicos de buscar el bien común.
Pero si estos principios solo se fundamentasen en el mero consentimiento de los ciudadanos (doctrina del contrato social), el sistema sería evidentemente frágil. El humanismo cristiano sostiene que existen unas normas objetivas universales que deben orientar las acciones justas de gobierno.
Y aquí entra en juego el papel del hombre con convicciones morales. Ese papel consiste en mantener su presencia en la vida pública para, primero, poner de manifiesto los principios morales objetivos, y, después, intentar su plasmación en las normas objetivas o en las soluciones concretas. Se trata por tanto, de un papel orientador o corrector de lo que es razonable según aquellas convicciones.
Cuando este papel corrector u orientador no existe, o se prescinde de él deliberadamente, la razón es distorsionada por las ideologías, o aplicada en detrimento de la dignidad humana. El abuso de la razón, sin papel corrector o iluminador, condujo a los totalitarismos del siglo XX.
Para el humanismo cristiano la razón y la fe se necesitan mutuamente en búsqueda de la verdad. Igualmente, los políticos necesitan la presencia activa en la vida pública de quien tenga convicciones morales, porque su contribución es vital en el debate.
En una visita al Reino Unido, el Papa Benedicto XVI pronunció un discurso en Westminster Hall, sede del Parlamento inglés, el 17.9.2010, donde dijo: «Cada generación, al tratar de progresar en el bien común, debe replantearse: ¿qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? y ¿qué alcance pueden tener? ¿en nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Estas cuestiones nos conducen directamente a la fundamentación ética de la vida civil. Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia».
El laicismo que vivimos margina o ignora a las personas con convicciones morales; relega las convicciones morales a la esfera privada; suprime la clase de Religión en los colegios; o pide a los políticos que, en determinados supuestos, actúen en contra de sus convicciones morales y de su conciencia. Se hace el silencio sobre la realidad primera y esencial de la vida humana, o se reduce a la intimidad, o a la penumbra.
Dijo también Benedicto XVI que no se puede negar a Dios como sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades, o imán de los corazones, ni el derecho a proponer esa luz para disipar las tinieblas.



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