RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Pablo

De todos los profesores que he tenido a lo largo de mi vida, el que recuerdo con más cariño impartía las asignaturas de Filosofía y Ética en Bachillerato. Convertía cada clase en algo parecido a una pequeña obra de teatro. No solo quedaban claros los conceptos, sino que además fomentaba el pensamiento crítico y lograba que los alumnos menos motivados acabasen interesándose -a veces entusiasmados- con asuntos tan áridos como Hegel o Aristóteles.
Su solidez, las lecturas subrayadas que asomaban en su mochila, le ayudaba a explicar de manera sencilla y entretenida conceptos muy complejos. Pero, pensándolo con los años, creo que su verdadero secreto es que preparaba concienzudamente cada clase, rompiéndose la cabeza para hacerlo más entretenido, para entusiasmar a un grupo de adolescentes somnolientos.
Se esforzaba por conocer las inquietudes de todos e interpelaba constantemente a los más rezagados. Recuerdo por encima del resto las semanas en las que nos enseñó los rudimentos del pensamiento lógico. Se trajo preparados decenas de ejemplos, sacados de experiencias reales que habían sucedido aquel año en el instituto. Al acabar, y durante meses, utilizamos los conceptos de lógica para discutir sobre prácticamente cualquier cosa, dentro y fuera del aula. Aún utilizo hoy muchas de las cosas que nos enseñó.
Pablo -así se llamaba- trabajaba con entusiasmo. En lugar de cargarnos con la responsabilidad de aprender lo que tenía que enseñarnos, compartía con nosotros el fardo.  Convertía casi todo en material útil para nuestras vidas y era un maestro de la atención. Todo lo demás llegaba solo.



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