LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Interstellar

18/09/2020

El apego a la verdad ha decaído tanto en Occidente que poco importa qué digas sino quién lo diga. Este es un terreno resbaladizo y si observamos los últimos 20 años resulta increíble la ductilidad moral de la sociedad. Las referencias más básicas se han desdibujado tanto que se comprende la desorientación de las nuevas generaciones.

Desgraciadamente, la percepción sobre el poder no ha cambiado y las sociedades son tan cínicas que se han transformado en amantes de la Realpolitik. No hay ideas por las que merezca la pena morir y mucho menos matar. Este concepto es demasiado complejo para nuestras anestesiadas mentes.

En Rusia les provoca indiferencia quién ejecutó el envenenamiento de Alexei Navalny, el gran líder opositor, lo destacable es saber quién tolera la desaparición física del oponente. En los últimos años, demasiada gente ha tenido desagradables accidentes y la lista de muertos es suficientemente larga como para comprender que hay una orden ejecutiva. Hasta hace poco, estos infortunios se limitaban a territorio ruso, pero últimamente vivir en Europa empieza a ser una actividad de alto riesgo si eres disidente ruso.

No es fácil lidiar con estos contundentes despliegues de fuerza y no parece que la equidistancia sea una opción moralmente aceptable o estratégicamente inteligente. Los poderosos solo respetan a quien es capaz de llegar hasta donde el poder te permite; así que aceptan deportivamente la reciprocidad y el castigo como instrumento político para un fin concreto. Hasta la fecha, la Unión Europea no ha sido capaz de desplegar una respuesta contundente a los asesinatos selectivos en su territorio por agentes hostiles.

Cuando un dictador observa nuestro nulo respeto a las leyes propias, difícilmente va a creer que seamos capaces de garantizar la soberanía de naciones lejanas. Después de la experiencia ucraniana se entiende las dudas europeas de abrir un conflicto inasumible en Bielorussia.

Rusia es demasiado grande, posee un ejército con una capacidad bélica real y una estructura política que le permite agredir a terceros sin oposición interna. Ignorar esta realidad es una estupidez como descubrieron dolorosamente los ucranianos, pero los argumentos americanos para paralizar el gaseoducto ruso-alemán empiezan a ser razonables aunque lo diga Donald Trump.

Una democracia debe decidir con quién mantiene acuerdos comerciales, relaciones diplomáticas fluidas o encuentros culturales. La tolerancia extrema es una cruel forma de indiferencia y una pérdida de autoestima. Claramente Angela Merkel ignora estas ideas. Me recuerda demasiado a los eficientes burócratas que Hannah Arendt describía en la Alemania nazi.