Tente Nublao

Ángel Monterrubio


Martín, El Rana

He ido a ver a Martín, El Rana. Me apetecía charlar con él. Golpeo con los nudillos la puerta metálica enmarcada con baldosines de flores de La Menora. Asoma su careto enjuto y desdentado por la rendija. «Coño, tronco, ¿qué tripa te se ha roto?». «Pasaba por aquí y me he dicho…» Entro en la vieja casa de sus abuelos. El portal-salón-comedor parece el garito de un chamarilero. En amalgama insólita en el suelo y por encima de todos los muebles ropa, herramienta, discos de música, cajas, restos de comida y latas de cerveza vacías. En la mesa camilla un viejo carburador Dellorto metido en gasoil en un táper y los trastos de fumar. Sólo está libre la pantalla del televisor. Encendido. Dos tertulianos están a punto de llegar a las manos. «¿También tú ves esa mierda?» «Si me vas a meter una brasa cultureta, vete a tomar por culo ahora mismo». Me siento al refugio de las faldillas y el brasero eléctrico. Lía y enciende un cigarro, nos preguntamos por la salud, por la familia y por los viejos amigos. Bebemos cerveza y comemos higos pasiques.
Martín, El Rana, siempre ha hablado de cuando estuvo metido hasta las trancas en la droga como si hubiera sido un mal sueño. Sin consecuencias. No es consciente de los daños colaterales que causó, fundamentalmente, a sus padres y a sus hermanos. Bajó a los infiernos sin cuerda ni ningún Virgilio que lo guiara, era lo normal a principios de los ochenta, tuvo suerte, «salió su carta», subió, aquí está, y eso es todo. Debe ser una estrategia para protegerse.
Martín, El Rana, atracó, de últimas y a cara descubierta, una gasolinera por Villaverde. Con el desespero del mono le puso un destornillador en la garganta al pobre empleado, que primero se meó encima y luego le entregó lo poco que había en la caja, salió corriendo y a los doscientos metros lo trincaron los maderos. El talego lo cambió. Allí conoció al Padre Garralda que le mudó los esquemas, lo «sacó del abujero» y le dio un pie de vida.
Martín, El Rana, está avejentado, pero mantiene intactos sus ojos de niño, de un marrón claro, inquietos y limpios. Y veo en ellos al chaval que tarareaba a Triana mientras hacía el caballito con la bicicleta y soñaba con ser como el yudoca Mansillas.
-Primo, ¿hace otra cerveza fresquita?